Cuento de Navidad

En casa la llamamos la Calle de la Gamba, porque hace años había un restaurante que mostraba un reclamo en forma de langostino gigante de fibra de vidrio. En los callejeros se llama Calle del Postigo de San Martín. Al final está la Plaza de San Martín, y luego la Calle San Martín. Todo muy lógico.

Bien, pues bajaba yo el viernes hacia Sol por la Calle de la Gamba (que en estas fechas es un camino más rápido que Preciados o Carmen, totalmente colapsadas por consumidores navideños) cuando, pasada la plaza en la que hay ahora un mercadillo, vi a una señora mayor y desaliñada sentada en un portal. Tenía las manos extendidas hacia adelante, palma frente a palma, sujetando los hilos deshilvanados de un ovillo gris y lanzaba alaridos inarticulados como una loca de atar. Pero a su lado había un paño impoluto con tres pequeños muñecos de ganchillo de una sencillez encantadora.

Venciendo el miedo me agaché a preguntarle si los vendía, y ¡sorpresa! me atendió con la mayor de las amabilidades. Viendo mi entusiasmo por su trabajo cuando elegí un perrito marrón, me dijo:

– Si lo vas a regalar, disfrútalo un poco antes.

– Es para mí. No sé si otro lo apreciaría como yo.

– Mujer inteligente, respondió.

¿Inteligente? No sé yo: una cincuentona con tres gatos y un perro que se compra muñecos. ¿Quién es la loca aquí?

c0iousuuaaalzsz

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