El pavo

Estos siete amigos se fueron a pasar la Nochevieja a una casa rural. Al pavo le dijeron que cenarían setas: “tu busca, que nosotros las cortamos”. Así fue cómo el pavo perdió la cabeza.

Que vuestros días sean felices, vuestras noches intensas y vuestras labores fructíferas. Feliz Año Nuevo.

Adiós 2016 ¡Con viento fresco!

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La excursión, 2016

Sirenas

Nunca la había probado, pero nada más dar el primer sorbo exclamé:

—¡Sabe a sirena!

Se hizo un brevísimo silencio.

—¿Cómo has dicho?, preguntó mi hermana.

— Que sabe a sirena.

Para estar bien segura, volvió a preguntar:

—¿A sirena del mar?

— Si, a sirena del mar.

—Pero… ¿a qué…?, empezó mi cuñado. Se interrumpió al darse cuenta de que ya sabía la respuesta a la pregunta que iba a hacer.

Mi hijo callaba. O tengo yo razón y nunca me escucha, o la tiene él y digo muchas tonterías.

—A ver…  -dijo mi madre agarrando la jarra y dando un sorbo- Es verdad, sabe a sirena.

Ahí ya nos quedamos todos callados, hasta yo. Pero es que estaba emocionada: mi madre, la que nunca me entiende, me da la razón en la cosa más rara. Me entraron ganas de estrujarla en un abrazo, pero me contuve pensando en lo frágil de su esqueleto antiguo.

Así pues, ahora es oficial: la cerveza de trigo sabe a sirena.

Cuento de Navidad

En casa la llamamos la Calle de la Gamba, porque hace años había un restaurante que mostraba un reclamo en forma de langostino gigante de fibra de vidrio. En los callejeros se llama Calle del Postigo de San Martín. Al final está la Plaza de San Martín, y luego la Calle San Martín. Todo muy lógico.

Bien, pues bajaba yo el viernes hacia Sol por la Calle de la Gamba (que en estas fechas es un camino más rápido que Preciados o Carmen, totalmente colapsadas por consumidores navideños) cuando, pasada la plaza en la que hay ahora un mercadillo, vi a una señora mayor y desaliñada sentada en un portal. Tenía las manos extendidas hacia adelante, palma frente a palma, sujetando los hilos deshilvanados de un ovillo gris y lanzaba alaridos inarticulados como una loca de atar. Pero a su lado había un paño impoluto con tres pequeños muñecos de ganchillo de una sencillez encantadora.

Venciendo el miedo me agaché a preguntarle si los vendía, y ¡sorpresa! me atendió con la mayor de las amabilidades. Viendo mi entusiasmo por su trabajo cuando elegí un perrito marrón, me dijo:

– Si lo vas a regalar, disfrútalo un poco antes.

– Es para mí. No sé si otro lo apreciaría como yo.

– Mujer inteligente, respondió.

¿Inteligente? No sé yo: una cincuentona con tres gatos y un perro que se compra muñecos. ¿Quién es la loca aquí?

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Ya no me habla

—Ya no me habla.

— ¿Quién?

—El arte clásico.

—¿Qué?

—Ya no me dice nada.

—Venga ya ¿de qué vas?

—Quee… eso. Va en serio.

—Es que no entiendo nada.

—Mira allí. ¿Qué ves?

—Parece, no sé, algo así como un advenimiento.

—¿Y cómo lo ves?

—Pues algo torpe, la verdad. Colores oscuros, se habrán quemado los barnices digo yo, y una composición desorganizada, no se distinguen bien los elementos pero yo diría que lo que hay detrás del ángel es… ¿un coche?

—¿A que es raro? Y la pincelada es torpe, no define…

—¡Eh, sin faltar!

—¿Y tu quién eres?

—San Cristobal, ¿algún problema?

—No tío, no, ninguno, tu tranquilo ¿vale?

—Tranquilos vosotros, que habéis salido disparados por el parabrisas.

—¿Quiénes? ¿Nosotros?

—Ahí lo tenéis, para que os hagáis una idea…

—Qué va tío, estás de coña hombre ¿de dónde sales tú payaso?

—Ay Señor, qué cruz, que siempre me toque a mí recoger a los accidentados…

—¿Es que eres el de la ambulancia? Ya verás el puro que te va a caer por gilipollas.

—Corta el rollo, os venís conmigo.

—¿Cómo? ¿que qué?

—Que os venís conmigo.

—¿A dónde?

—A ver qué hacen con vosotros allá arriba

Los dos amigos se miran.

—¿Pero nosotros no estábamos de botellón en la facultad?

Camino

Lo difícil de hacer camino

es andarlo desbrozando.

Al final, ni andas ni haces.

Véame yo libre de las marañas,

de los atosigantes,

de las falsas deudas,

de los cobradores de impuestos

personales,

de los que pasan facturas

por inexistentes servicios.

Bienvenidos los que dan y reciben,

ni ostentosos ni paupérrimos,

con la dignidad propia

del ser humano.

El aire está limpio

El aire está limpio. El viento sacude los toldos y barre las nubes. En un claro, media luna asoma. El frío se cuela por cada rendija y la mañana no ha hecho más que comenzar. Todo es una contradicción, dice una voz interior:

Nunca el aire está limpio en la ciudad.

Los toldos son cosa del verano.

Barrer es acción pegada a tierra.

La luna es planeta nocturno.

Las rendijas no tienen que ver con las mañanas.

El invierno te afecta, querida.

Cállate, estúpida -me rebelo – y mira cómo giran los molinetes en la punta del árbol de Navidad.

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¿Os acordáis de Pilar?

¿Os acordáis de Pilar?

No hace un año que me la encontré en el portal, con su carrito de la compra.

– Buenos días Pilar ¿Quiere que la ayude con el carro?

– Si no te importa…

Por mucho genio que tengan, las señoras mayores se ponen muy mansas cuando se les ofrece ayuda.

Atravesamos el corto pasillo de entrada y salimos a la luz del patio, con sus dos naves. En una de ellas está el estudio que comparto con Rafa. El resto es una especie de corrala, todos los pisos tienen entrada desde allí. A la izquierda una escalera interior lleva a los dos pisos superiores, pero al primero se accede por una escalera exterior que queda a la derecha. Es donde vive Pilar, al final de diez o doce escalones de hormigón.

Al levantar el carrito casi me caigo al suelo.

– ¿Pero qué lleva usted aquí, Pilar?

Una barra de pan, una botella de leche, media docena de huevos, pensaba yo.

– Ay, sí, siempre me paso comprando.

– ¿Y se lo sube usted sola todos los días?

– A ver hija ¿quién si no?

– ¿Pero cuántos años tiene?

– Tengo ya noventa.

– Pues si que está fuerte usted.

La puerta de Pilar lleva algún tiempo empecinadamente cerrada y sus plantas se están secando. Rafa me dice que ha muerto, que últimamente no le reconocía cuando se encontraban. Le cuento lo del carrito porque fue la última vez que la vi.

–  Lo cargaba de latas hasta los topes, me contesta.

– Como la yaya, digo yo, las mujeres que pasaron la guerra hacen eso, acumulan víveres que luego caducan. Aunque ella debía de ser muy niña por entonces. Si llega a ser más mayor, se mete a miliciana seguro.

– Y habría cambiado el curso de la historia, suelta Rafa, ¡menuda era!

Nos reímos los dos en el frío del estudio.

Pienso en mi hijo. Le gusta buscar restos de la Guerra Civil por la Casa de Campo. A veces, junto a balas y restos de metralla, encuentra llaves oxidadas de latas de conserva con su tapa enrollada alrededor.

Rafa y yo nos ponemos nostálgicos y dedicamos un par de minutos al recuerdo de Ángel, nuestro Viejecito Duracel. Pero esa es otra historia.

 

Los mejores años

Qué pena haber desaprovechado los mejores años de mi vida. No, si ya lo decía mi madre: búscate un hombre rico que te cubra de diamantes. Y yo, claro, sin hacerle caso. Que si el arte, que si la poesía, que si los libros. ¡Qué gran artista habría llegado a ser si la hubiera escuchado! Podría haber amortizado mi época de físico esplendor con un matrimonio de calibrada conveniencia. Puede que me hubiera costado un poco conseguir que en vez de diamantes me cubriera de materiales de bellas artes –los ricos, ya se sabe, a veces son muy conservadores- pero ¿cómo es el refrán? Ah, sí, tiran más dos tetas que dos carretas y aquí hubo tetas, vaya que si las hubo, ya le habría yo liado lo suficiente como para descabalgarle de sus convicciones: que yo soy tu mayor riqueza, que esto que aquí ves es un diamante en bruto, que si te olvidas de lo de los hijos y me pones estudio serás mecenas, que si vámonos a Nueva York que ando falta de inspiración y además así tu aprendes, que solo tú has sabido ver mi auténtica valía, toma este cachito de carne y dame dos mil euritos para materiales, solo dos mil amor, que con eso voy tirando esta semanita y ya verás ya, no te arrepentirás, no querrás que pida una de esas horribles becas de residencia ¿no? Qué van a pensar tus amigos; por cierto, hablando de amigos, tenemos que dar una fiesta para enseñar mi última obra… y dile a tu secretaria que no se olvide de la prensa, que tienen que venir todos, que ya verás cómo se lo acaban tragando y me compra toda la jet set y… ah, sí, ese otro amigo tuyo, el de las subastas… y el de la tele, el de cultura, ese  también… pero el político que no venga, que no está el horno para bollos, a ése te lo llevas otro día de montería y todos contentos ¿de acuerdo? Venga esa propinilla que tengo encargado un rollo de lienzo de lino y un par de chucherías más. No, voy sin coche, no te preocupes que me recoge mi asistente. Adiós tesoro, sé bueno.

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Sin título, 1997

Historias ejemplares

Os voy a contar una historia sin citar nombres.

Había una vez un artista que se moría. Seguía un tratamiento caro y llamaba a su galerista para que le pagara el dinero que le debía. El galerista estaba afectado por una de esas crisis de las que “solo” tiene la culpa la macroeconomía, y no se quería poner al teléfono. Acabó delegando en su asistente de confianza para darle largas al artista. Éste, que decía debérselo todo al galerista, habló con el artista la siguiente vez que llamó. El resumen que hizo de su conversación fue: “¡Que dice que se muere! ¿No te jode? ¡Yo también me muero si no cobro a fin de mes y no como!”. Quedó claro que el artista estaba en la base de la cadena alimenticia.

Finalmente el artista fue cobrando con cuentagotas y acabó muriendo. El galerista sigue trabajando con su obra. Del asistente no se sabe nada.