El invierno pasado

El invierno pasado mis remordimientos se cebaban sobre dos tareas pendientes: limpiar los cristales (venga, por lo menos un par de veces al año, vaaa) y “pasarle el peine a las terrazas”.  Lo de los cristales lo tengo un poco estacionado –cada vez que lo programo, llueve, ya es casualidad, y me voy librando- pero con lo de las terrazas me ha entrado un arrebato estacional, y por si acaso el otoño se junta con la primavera y a los árboles les vuelve a salir la hoja nada más perderla, me he puesto a ello y ando trasplantando, podando, seleccionando… No soy muy técnica en cuestiones de jardinería, así que hago las cosas cuando me parece y ahora me parece que la savia ya va estando más bajita y les puedo hacer perrerías a mis plantas sin que se enteren. Así que, entre mis prácticas y el cambio climático, a las pobres les van mudando los hábitos, y tengo el jazmín en flor: nada de perfumadas noches de junio, o de julio, o de agosto, ni siquiera de septiembre. Si quieres llegar a olerlo tendrás que salir al fresquete de noviembre tempranito por la mañana. Y así, mientras barro las hojas, hago como que cierro los ojos y sueño con esa disposición de ánimo por la que todos pasamos cuando los días son largos y las noches fragantes.

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