Guardar cama

Guardar cama era el precio.

Guardar cama y ese desayuno,

el tazón humeante, las galletas,

todas esas migas entre las sábanas,

todas esas pequeñas arrugas

desafiando a las plantas  de tus pies,

el edredón que se cae de lado,

el pijama que se retuerce,

y nunca almohadas suficientes…

Tantas horas guardando cama,

las mismas que una a una

-lengua, matemáticas, educación física-

se deslizan tras otras ventanas

mientras la olla exprés silba en la cocina.

Guardar cama y un caldito

-antes de que se enfríe, cariño-

y esa modorra en el resplandor

del mediodía de invierno,

siesta involuntaria,

propósito doblegado

de no acompañar a la casa en su silencio,

en ese irse la luz del mundo,

del día que ya habrá pasado cuando despiertes

a la hora de la merienda.

y ya no seas diferente,

porque todos meriendan en sus casas.

Pero tú guardas cama

y no sales a jugar, ni a ver la tele.

Por favor, quiero cenar en la mesa.

No puede ser, no puede ser.

Y a la luz de la bombilla

agotas la dicha de faltar al cole

y el tormento de guardar cama.

Nunca más, nunca más,

me lo prometo,

cuando sea mayor,

nunca jamás. Hasta ahora.

Está claro que los años

nos devuelven a la infancia.

Cohen

Solo he sido fan confesa de un artista en toda mi vida: Leonard Cohen. Su muerte ha sido la primera noticia del día, en esta semana que ya era negra y ahora es negrísima. Los que no creemos en los salvadores del mundo nos hemos quedado, además, sin Cohen.

Cohen, este señor de la edad de mi madre, siempre me ha hecho sentir que existe un arte para la construcción, artistas que “enderezan” lo torcido de la existencia, y que ese es el lado en el que hay que estar. Me pasa lo mismo con John Berger. Cosas mías, supongo.

Uno de los discos menos apreciado de Cohen, “Ten new songs”, fue permanente banda sonora en el estudios mientras preparaba mi última individual, antes de que se me tragara la tierra. Así que Cohen está entre las líneas de todos esos dibujos, pero uno está directamente inspirado en una de las canciones de ese álbum, que puede que no fuera el mejor de su vida, pero es completamente hipnótico.

La canción es “By the river’s dark”, y el dibujo éste de aquí abajo, “Blue side”, del 2003.

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Debe de ser bonito marcharse de este mundo, quién sabe si hacia la nada, sabiendo que has dejado en él el peso leve de tus canciones.

 

El invierno pasado

El invierno pasado mis remordimientos se cebaban sobre dos tareas pendientes: limpiar los cristales (venga, por lo menos un par de veces al año, vaaa) y “pasarle el peine a las terrazas”.  Lo de los cristales lo tengo un poco estacionado –cada vez que lo programo, llueve, ya es casualidad, y me voy librando- pero con lo de las terrazas me ha entrado un arrebato estacional, y por si acaso el otoño se junta con la primavera y a los árboles les vuelve a salir la hoja nada más perderla, me he puesto a ello y ando trasplantando, podando, seleccionando… No soy muy técnica en cuestiones de jardinería, así que hago las cosas cuando me parece y ahora me parece que la savia ya va estando más bajita y les puedo hacer perrerías a mis plantas sin que se enteren. Así que, entre mis prácticas y el cambio climático, a las pobres les van mudando los hábitos, y tengo el jazmín en flor: nada de perfumadas noches de junio, o de julio, o de agosto, ni siquiera de septiembre. Si quieres llegar a olerlo tendrás que salir al fresquete de noviembre tempranito por la mañana. Y así, mientras barro las hojas, hago como que cierro los ojos y sueño con esa disposición de ánimo por la que todos pasamos cuando los días son largos y las noches fragantes.

Cómo cansar a un quejica

– Hombre ¡qué sorpresa!

– ¿Qué tal tío? ¿Cómo estás?

– Pues mira, ando con mal cuerpo.

– ¿En serio? No se le nota nada a tu cuerpo.

– Te digo que ando mal.

-¿Te duelen las piernas?

– No es eso, no.

– ¿Entonces?

– Que no me siento bien.

– ¿Quieres un consejo? Si no te sientas bien y no son las piernas, camina.

– Mira, déjalo… A ti te veo bien.

– Pues no sabes lo que me alegro de que estés bien de la vista.

– Ya… me tengo que ir. Hasta otro día.

– Hale, venga, hasta otra. ¡Nos vemos!