Fakestein

Sin quererlo he creado un monstruo que, como el de Mary Shelley, deambula por paisajes helados: un Fakestein.
Yo, que me lo creo casi todo, que me considero una persona relativamente ignorante y confiada, estoy asombrada de lo fácil que resulta engañar a la gente, aunque sea involuntariamente. Y me da vértigo pensar lo que pueden hacer los profesionales del fraude y la manipulación de eso que a veces llamamos información y otras veces conocimiento.
A mí, que me sumerjo cada dos por tres en situaciones imaginarias, me preocupa la incapacidad de muchos para distinguir la realidad de la fantasía, y me pregunto si será a causa de una pobre formación que nos induce a creer que quien transmite o publica algo está obligado a la veracidad.
¿Por qué vengo yo ahora con esto?
Me invitaron a colaborar en el blog de “Los amigos de Cervantes”, que tiene más de 270.000 lectores. Para mi sorpresa, la primera publicación recibió casi novecientos “me gusta” y se compartió más de ochenta veces en apenas cuatro días. Esto da un poco de vértigo, sientes una especie de responsabilidad por mantener el listón y no sabes cómo lo vas a hacer: desconoces el perfil de tus lectores y no quieres defraudar ni ofender. Reconozco que soy algo timorata.
Así pues, envié mi segunda publicación sin demasiadas expectativas, pensando que recibiría menos atención que la primera que era, por así decirlo, más populista (hablaba del amor y tal). En parte así ha sido, por lo menos en cuanto a rapidez de respuesta, aunque el contador, a los cuatro días, va por quinientos quince “me gusta” y setenta y un compartidos. Y aquí viene el problema.
El texto, que era un deambular alrededor de una palabra casi desconocida con el añadido de un poco de ficción, pasa, al parecer, por cierto de pe a pa, y algunos expresan su agradecimiento por lo aprendido (que, en sentido estricto, es bien poco y se puede resumir en menos de diez palabras). Se comparte, y esta fe en la palabra escrita se expande.
Preocupada por todo ello, escribí un comentario especificando que se trata de un texto de creación, y vamos a ver qué pasa.
Pero me quedo inquieta, no tanto por los que se puedan sentir engañados, como por el hecho de que la creación se pueda considerar engaño.
El texto, llamado “Astrubis”, que ya enlacé y muy pocos habéis visto (sin rencor, ya sé lo que cuesta darle a un enlace) lo publica el blog en su perfil de Facebook, que es donde está la acción, pues ya sabemos que nadie interactua en los blogs.
¿A dónde quiero ir a parar? A ningún sitio en concreto, no en vano mi sección se llama DyD (Derivas y Derrotas). Pero quedan dos preguntas en el aire: a quién llega lo que publicamos y cómo les llega (interpretando cada cual las cosas desde su particular contexto cultural, educativo, ideológico) cuando publicamos fuera de nuestro propio patio de vecinas.
Seguro que muchos de vosotros conocéis las respuestas.

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