El termómetro de la parada del autobús

El termómetro de la parada del autobús marca veinticuatro grados. Son casi las siete y media y aún no es de día. En el edificio de enfrente hay una ventana iluminada. A su izquierda, un diminuto balcón permanece en lo oscuro. Dos chicos conversan ahí sentados; entre ellos una mesita y un plato con velas. Es un cuarto piso. Ajenos a las furgonetas, a los autobuses, al trasiego del tráfico de primera hora de un lunes, alargan la noche como si nada fuera con ellos. No quiero que venga el autobús, necesito saber hasta cuándo se quedarán hablando, si soplarán las velas o dejarán que se consuman. Al final tengo que marcharme. Al rebasar el edificio me doy cuenta de que la esquina  parpadea con la misma cadencia que las velas del balcón, la misma cálida vacilación. Es la bombilla de una farola, que le comunica su temblor a toda la bocacalle. Juntas las dos luces parecen negar el avance del día entre las nubes.

Madrid de millones de vidas, solo la compulsión del azar te conmueve.

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