La isla

Ha habido un movimiento tectónico en mi muslo. En el calmo Mar de la Celulitis, una ola azul de surfista ha dejado tras sí una gran isla a todas luces volcánica, a juzgar por lo negro de sus costas y el cráter de su centro, de un rojo apagado que indica que la lava aún está enfriándose. Dada su proximidad con mi Triángulo de las Bermudas, no descarto que se trate de un fenómeno paranormal y que desparezca en unos días de  modo tan misterioso como apareció. Por si acaso, no le he puesto nombre, no vaya a ser que me encariñe.

La doctora se impacienta.

– Es una rotura capilar, por el calor, pero vamos a hacer un recuento de plaquetas para quedarnos tranquilas.

– ¿Plaquetas… tectónicas?

La doctora da por terminada la consulta.

La Musa

Bronceada hasta el acartonamiento, tiene cara y pelo de funcionaria de vacaciones, pero posa con la laxitud y la provocación de Iggy Pop. Es una Musa: conoció a todo el mundo y a todos sedujo, probó todas las camas y todos los polvos… estupefacientes. Su mal era que se aburría.

Dicen que fue más que una musa, que no solo paseó su palmito dando espectáculo por los escenarios: que pinta, que escribe. He leído sus poemas, he visto sus dibujos, su última aparición sobre un escenario no hace tanto: aburridos, que sois unos aburridos, le grita al público.

No quiero juzgar, pero juzgo. Su vida es un libro, una novela que llevarían inmediatamente al cine si fuera una grande del rock o del blues, en vez de una gogo del pop. Ella le dio sentido visual al grupo  y el periodista ha escrito un artículo extraordinario con un material de primera. Ella es, definitivamente, una musa.