Zancadillas

Acabo de comprender, leyendo en un blog sobre las zancadillas en el mundo del arte, que los cardenales que durante todo el verano me han estado saliendo en las canillas son las huellas fantasmales de viejos tropezones que vienen a decirme en qué piedra, o con qué pierna ajena, no debo volver a topar. Como las caras de Bélmez surgen en la blancura de mis extremidades olvidados zancadillazos de la juventud recordándome que este camino no es de vino y rosas, sino de vino y rocas, de cantos rodados que entrechocan constantemente. Así, pensando en una posible “rentrée”, me imagino a mí misma toda magullada y azul como un pitufo.

Pero pronto me doy cuenta de que me he vuelto a dejar llevar por la imaginación. Si lo pienso así, en serio, tampoco me han vapuleado tanto. Eso sí, cuando me han dado, me han dado bien: en todo el centro, nada de tocado, tocado, hundido. ¿Qué hacer? ¿Navegar con sistemas de invisibilidad? ¿Desplazarse en submarino? ¿Ponerse de lado por si silban las balas? ¿Manejar un bastón de ciego que me avise de la presencia de una pierna fatal atravesada en mi camino? No lo veo.

Por el momento soy inofensiva: ni ofensa ni afrenta, mi presencia a nadie amenaza. Yo me he apartado del camino y por donde ando no hay ninguna piedra, ni ser humano-artístico que necesite adelantarme. Pero a medida que vislumbro la incorporación a la autopista, siento los nervios del carril de aceleración: oigo el rugido de los motores y las pitadas a mi alrededor “lenta, que eres una lenta”, “mujer tenías que ser”, “vuélvete a la comarcal”… en fin, que nunca he sido buena conductora, y mucho menos de carreras, pero en estos años sí que he aprendido un poco sobre cómo conducirme a mi misma y me he vuelto un poco, bastante, sorda.

Pero no hay que anticiparse. Aún tardaré unos meses en llegar a la nacional y puedo dedicarme a mirar el paisaje.

coche

Sin título, 1998

Soy un souvenir

Leo en el comentario a una exposición la etimología de la palabra souvenir y de repente lo entiendo todo: soy un souvenir.

Como souvenir me veo bien. Considerando su signficado cotidiano, la baratija que te llevas como recuerdo de un lugar –llámalo cuerpo- , creo que me puedo dar por satisfecha. Pero si me atengo a su significado etimológico –del latín sub venire, venir abajo- es cuando comprendo completamente mi estado de ánimo de estos días preotoñales.

Por eso hoy me he dado un paseo por el Madrid más turístico.

El termómetro de la parada del autobús

El termómetro de la parada del autobús marca veinticuatro grados. Son casi las siete y media y aún no es de día. En el edificio de enfrente hay una ventana iluminada. A su izquierda, un diminuto balcón permanece en lo oscuro. Dos chicos conversan ahí sentados; entre ellos una mesita y un plato con velas. Es un cuarto piso. Ajenos a las furgonetas, a los autobuses, al trasiego del tráfico de primera hora de un lunes, alargan la noche como si nada fuera con ellos. No quiero que venga el autobús, necesito saber hasta cuándo se quedarán hablando, si soplarán las velas o dejarán que se consuman. Al final tengo que marcharme. Al rebasar el edificio me doy cuenta de que la esquina  parpadea con la misma cadencia que las velas del balcón, la misma cálida vacilación. Es la bombilla de una farola, que le comunica su temblor a toda la bocacalle. Juntas las dos luces parecen negar el avance del día entre las nubes.

Madrid de millones de vidas, solo la compulsión del azar te conmueve.

La isla

Ha habido un movimiento tectónico en mi muslo. En el calmo Mar de la Celulitis, una ola azul de surfista ha dejado tras sí una gran isla a todas luces volcánica, a juzgar por lo negro de sus costas y el cráter de su centro, de un rojo apagado que indica que la lava aún está enfriándose. Dada su proximidad con mi Triángulo de las Bermudas, no descarto que se trate de un fenómeno paranormal y que desparezca en unos días de  modo tan misterioso como apareció. Por si acaso, no le he puesto nombre, no vaya a ser que me encariñe.

La doctora se impacienta.

– Es una rotura capilar, por el calor, pero vamos a hacer un recuento de plaquetas para quedarnos tranquilas.

– ¿Plaquetas… tectónicas?

La doctora da por terminada la consulta.

La Musa

Bronceada hasta el acartonamiento, tiene cara y pelo de funcionaria de vacaciones, pero posa con la laxitud y la provocación de Iggy Pop. Es una Musa: conoció a todo el mundo y a todos sedujo, probó todas las camas y todos los polvos… estupefacientes. Su mal era que se aburría.

Dicen que fue más que una musa, que no solo paseó su palmito dando espectáculo por los escenarios: que pinta, que escribe. He leído sus poemas, he visto sus dibujos, su última aparición sobre un escenario no hace tanto: aburridos, que sois unos aburridos, le grita al público.

No quiero juzgar, pero juzgo. Su vida es un libro, una novela que llevarían inmediatamente al cine si fuera una grande del rock o del blues, en vez de una gogo del pop. Ella le dio sentido visual al grupo  y el periodista ha escrito un artículo extraordinario con un material de primera. Ella es, definitivamente, una musa.

Si un primero de septiembre

Si un primero de septiembre, justo cuando anochece,  mientras el cielo comienza a despejarse después de un chaparrón, contemplas desde un lugar elevado la confluencia de la calle Preciados con Callao, verás algo mágico: la luz de los escaparates se filtra y se eleva entre las ranuras de los toldos triangulares que la cubren en verano y crea una especie de neblina amarilla que le da a la calle un ambiente de casba.

Tienen que cumplirse todas las condiciones, aunque no hace falta que sea jueves.