Es tiempo de viajes y de despedidas

Es tiempo de viajes y de despedidas. Con las puertas de los maleteros abiertas, el autobús parece un escarabajo volador. Los cristales son tan oscuros que no veo dónde se ha sentado mi hija. Al final, saco el teléfono. Estoy al otro lado, me dice, tienes que dar la vuelta al bus… un poco más atrás… ¡ahora me estás mirando a los ojos! Me enfado con ese cristal que se traga su mirada como un agujero negro y me entra un delirio cósmico: el más allá como la nada, ni luz ni oscuridad, la disolución de las personalidades y las historias individuales. Hay una madre –otra- que no se aguanta y aprovecha un descuido del conductor para subir al autobús y ver dónde se ha sentado su hija. Dos chicos se dan un último abrazo junto a la puerta. ¿Soy agnóstica? Para mí sí, la nada me basta. Pero cada vez que despido a mis hijos le pido a Dios que les sujete a la vida con sus hilos transparentes.

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