En los últimos días de agosto

En los últimos días de agosto la terraza tiene un aire satisfecho de mujer madura, resignada a la caída de la hoja pero sorprendida como una menopáusica con cada flor que aún se abre. En esos días, en esas tardes ya más cortas, me gusta sentarme después de regar a contemplar los rayos oblicuos que se cuelan entre las hojas, sacándoles los colores. Las flores espigadas de la hierbabuena parecen enmarcadas en una orla dorada, como si se acabaran de graduar. Alguna pequeña abeja aletea alrededor, todo brilla, pero en el cielo hay nostalgia porque los vencejos ya se han ido. Con los pies en el suelo refrescado por el agua, la cabeza vuela desde una dacha en Rusia a una playa de Almería, desde los bosques umbrosos de Cantabria a la piscina de un camping cualquiera, y lo mismo puedo oler el musgo que la paja seca cuando empieza la tormenta.

Desde aquí puedo anticiparlo, desde la noche más corta del año, primera noche del verano.

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