Contrariamente a mi costumbre

Contrariamente a mi costumbre, voy a contar lo que hice ayer.

Ayer fui a La Central del Reina Sofía, a la presentación del libro de Juan Carlos Román Redondo “Los 100 problemas del arte contemporáneo”.  Llevaba tiempo esperándolo, porque veía que lo presentaban en todas partes menos aquí y no quería perderme la oportunidad de conocer a Juan Carlos en persona y de plantarle un par de besos a Chelo Matesanz, que la última vez que nos vimos todavía no peinábamos canas.

Del libro no puedo contar nada que no contaran ayer el propio Juan Carlos y Fernando Castro, que con su divertida elocuencia verborréica nos hizo pasar un buen rato / hora. Tengo que decir, con admiración y respeto, que es un excelente vendedor, tanto que casi todos los presentes salimos con el libro en la mano, aunque vi a una chica dejarlo en caja y marcharse con otro. Yo estoy muy contenta con mi ejemplar. Tengo la costumbre de dejar libros a medio leer por todos los rincones de casa y ya he leído en Facebook aproximadamente el cincuenta por ciento de los textos que recoge el libro, así que he podido dejarlo sobre la mesa del comedor sin ni siquiera abrirlo, lo cual supone una considerable economía de tiempo y una descarga para mi conciencia que se puede ocupar de otros asuntos hasta que el deseo nos reúna de nuevo, a mí y al librito, durante un rato.

Pero ayer, además, fue mi día de suerte, porque al ir a pagar se me ocurrió preguntar por otro libro que creía completamente agotado: “Y siguió la fiesta” de Alan Riding. Tengo una larga historia con este libro. Supe de su edición en francés hace por lo menos cuatro años, esperé pacientemente hasta que lo editaron en España, lo compré con sus maravillosas tapas duras aterciopeladas y su fajilla, bien apretado en su plástico transparente, y aún esperé dos años más hasta que llegó “el momento”, el tiempo en que necesariamente ese libro tenía que ser leído por mí. Iba más o menos por la tercera parte cuando me lo dejé olvidado en la pastelería del barrio de mi estudio. Desde entonces no ha habido bocado dulce que no me recordara al libro perdido. No podía entender quién habría querido quedarse con él en un barrio en el que jamás he visto a nadie con un libro en la mano. Entonces supe que por allí hay muchos estudios de artistas, y empecé a sospechar de todos, tanto que incluso me plantee empezar a hacer visitas de cortesía con el fin secreto de husmear en los estantes de los colegas. Felizmente ayer me dijeron que les quedaba uno, y como no llevaba dinero pedí que me lo reservaran, firmemente decidida a dejar a mis hijos sin la propina del fin de semana con tal de hacerme con el que quizás fuera el último ejemplar disponible sobre la faz de la tierra.

El ejemplar en cuestión no tiene las tapas duras, plástico ni fajilla. Es más, en el lomo una larga marca longitudinal indica que ese libro ha conocido otras, quizás muchas, manos. No me importa. Me preocupaba la idea de reestrenar un libro ya empezado, y esto me libera de tal peso. Puedo dejar el libro por ahí, junto con los cien problemas.

Quedé en recogerlo hoy a mediodía, pero he llegado a las once y media. La culpa es de Emilio Zurita Álvarez, que me tiene distraída. La semana pasada me propuso escribir unos textos para sus “Epístolas” y ando tan emocionada que me pierdo en el metro, se me olvida poner la lavadora y saco al perro a la terraza en vez de sacar las alitas de pollo del congelador. Ya le he enviado la primera tanda y solo estoy esperando su visto bueno para empezar a colgarlos en mi muro.

Y ya está. He contado lo que hice ayer, lo que hago habitualmente, lo que he hecho hoy y lo que haré pronto. Estoy aprendiendo el oficio de trilero ¿Dónde está el garbanzo?

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