Hoy he visto un fantasma

Hoy he visto un fantasma, a plena luz del día. En la ventana de un chaflán, una mujer observa la calle. Vestido sin mangas de color oscuro y pelo también oscuro, largo, suelto y liso, con raya en medio, como un dibujo de Sarmento. Le da el sol y su piel tiene exactamente el mismo color arena que la fachada del edificio ¿Se le habrá puesto así al atravesar el muro?

Si los fantasmas se contagiaran de los muros, los habría de todos los colores, de gotelé, de papel pintado, entelados en seda, alicatados, encalados, estucados y algunos desconchados. Los más nobles lucirían grutescos, escenas de caza y mitológicas, querubines… Los fantasmas de los monasterios, un montón de aureolas robadas a los santos de los frescos. Pendientes de su imagen, dejarían de aparecerse para saldar cuentas y recorrerían el mundo buscando las paredes más favorecedoras según la estación del año, su estado de ánimo o las tendencias del momento. Acabarían siendo “fashion victims”… almas igualmente en pena.

Mañana empiezan las rebajas.

 

El neurólogo

El neurólogo me ha prescrito una pequeña cantidad de suave antidepresivo para regular el sueño, que sea práctica en el día a día y que no me duela la cabeza. Aunque yo era reacia, descanso mejor y no tengo dolores, pero me paso el día soñando despierta. Emprendo tareas que de inmediato abandono para escribir unas líneas, y solo en eso me concentro. Se puede decir que en esto de ser práctica, cada vez que mejoro me pongo peor, en una relación inversamente proporcional: a mejor estado de ánimo, menos interés por lo práctico.

Habría que llegar a un consenso sobre este asunto de la practicidad. Puede que para el progreso humano sea conveniente mantener a la población ligeramente desanimada, pero ojo, solo lo justo para que no dejen de ser funcionales. Puede que mi médico no haya valorado bien el grado de desánimo que puedo soportar antes de perder del todo mi funcionalidad. O puede que sea un rebelde que ha visto la posibilidad de liberarme del yugo común y alentarme en la otra dirección. También puede que yo esté ya harta de hacerme la dura y “tirar pa’lante” y en esta pequeña dosis diaria de felicidad química estén las vacaciones en una isla que no tendré este verano ni el que viene. Así que adelante, Ángela, por prescripción facultativa ¡suéltate el pelo y considérate de viaje! ¡Este verano te han dado una beca médica en el crucero de la fantasía!

Naufragio

Desayuno con naufragio, 1999

Vivian Mayer

Vivian Mayer, que empujaba calculadamente a las señoronas neoyorquinas en plena calle para captar sus gestos de airado despecho, tuvo en una ocasión la oportunidad de fotografiar al mismísimo Kirk Douglas, y cuando el actor directamente lanzó hacia ella su mirada azul, le tembló el pulso, no pudo responder con un disparo certero de su cámara a aquella atención no solicitada.

ContactoVivianMayer

Vivian Mayer (aunque aquí no se aprecia, es el segundo contacto de la segunda columna, el único momento en el que el actor la mira directamente a ella)

 

En los últimos días de agosto

En los últimos días de agosto la terraza tiene un aire satisfecho de mujer madura, resignada a la caída de la hoja pero sorprendida como una menopáusica con cada flor que aún se abre. En esos días, en esas tardes ya más cortas, me gusta sentarme después de regar a contemplar los rayos oblicuos que se cuelan entre las hojas, sacándoles los colores. Las flores espigadas de la hierbabuena parecen enmarcadas en una orla dorada, como si se acabaran de graduar. Alguna pequeña abeja aletea alrededor, todo brilla, pero en el cielo hay nostalgia porque los vencejos ya se han ido. Con los pies en el suelo refrescado por el agua, la cabeza vuela desde una dacha en Rusia a una playa de Almería, desde los bosques umbrosos de Cantabria a la piscina de un camping cualquiera, y lo mismo puedo oler el musgo que la paja seca cuando empieza la tormenta.

Desde aquí puedo anticiparlo, desde la noche más corta del año, primera noche del verano.

El autobús me lleva por un barrio bueno

El autobús me lleva por un barrio bueno. Cuidada vegetación rebosa los jardines entre árboles altos como casas.Veo cedros, palmeras, pinos, magnolios, cipreses, nísperos cargados de frutos maduros que nadie recoge, enredaderas, trepadoras, vallas de arbustos en flor, juncos, adelfas, rosas afrancesadas o no, las flores habituales de jardín y otros mil tipos de plantas ornamentales de nombre desconocido en plena exuberancia. Ramas que se estiran gozosas, saludan graciosamente o lloran sobre las aceras. Farsantes: ninguna planta llora en primavera.

Ante este despliegue me doy cuenta de que mi terraza, la joya de mi corona, no es más que una modesta miniatura de la diversidad, y yo la reina de las macetas.

Me voy a regar.

Maceta

Contrariamente a mi costumbre

Contrariamente a mi costumbre, voy a contar lo que hice ayer.

Ayer fui a La Central del Reina Sofía, a la presentación del libro de Juan Carlos Román Redondo “Los 100 problemas del arte contemporáneo”.  Llevaba tiempo esperándolo, porque veía que lo presentaban en todas partes menos aquí y no quería perderme la oportunidad de conocer a Juan Carlos en persona y de plantarle un par de besos a Chelo Matesanz, que la última vez que nos vimos todavía no peinábamos canas.

Del libro no puedo contar nada que no contaran ayer el propio Juan Carlos y Fernando Castro, que con su divertida elocuencia verborréica nos hizo pasar un buen rato / hora. Tengo que decir, con admiración y respeto, que es un excelente vendedor, tanto que casi todos los presentes salimos con el libro en la mano, aunque vi a una chica dejarlo en caja y marcharse con otro. Yo estoy muy contenta con mi ejemplar. Tengo la costumbre de dejar libros a medio leer por todos los rincones de casa y ya he leído en Facebook aproximadamente el cincuenta por ciento de los textos que recoge el libro, así que he podido dejarlo sobre la mesa del comedor sin ni siquiera abrirlo, lo cual supone una considerable economía de tiempo y una descarga para mi conciencia que se puede ocupar de otros asuntos hasta que el deseo nos reúna de nuevo, a mí y al librito, durante un rato.

Pero ayer, además, fue mi día de suerte, porque al ir a pagar se me ocurrió preguntar por otro libro que creía completamente agotado: “Y siguió la fiesta” de Alan Riding. Tengo una larga historia con este libro. Supe de su edición en francés hace por lo menos cuatro años, esperé pacientemente hasta que lo editaron en España, lo compré con sus maravillosas tapas duras aterciopeladas y su fajilla, bien apretado en su plástico transparente, y aún esperé dos años más hasta que llegó “el momento”, el tiempo en que necesariamente ese libro tenía que ser leído por mí. Iba más o menos por la tercera parte cuando me lo dejé olvidado en la pastelería del barrio de mi estudio. Desde entonces no ha habido bocado dulce que no me recordara al libro perdido. No podía entender quién habría querido quedarse con él en un barrio en el que jamás he visto a nadie con un libro en la mano. Entonces supe que por allí hay muchos estudios de artistas, y empecé a sospechar de todos, tanto que incluso me plantee empezar a hacer visitas de cortesía con el fin secreto de husmear en los estantes de los colegas. Felizmente ayer me dijeron que les quedaba uno, y como no llevaba dinero pedí que me lo reservaran, firmemente decidida a dejar a mis hijos sin la propina del fin de semana con tal de hacerme con el que quizás fuera el último ejemplar disponible sobre la faz de la tierra.

El ejemplar en cuestión no tiene las tapas duras, plástico ni fajilla. Es más, en el lomo una larga marca longitudinal indica que ese libro ha conocido otras, quizás muchas, manos. No me importa. Me preocupaba la idea de reestrenar un libro ya empezado, y esto me libera de tal peso. Puedo dejar el libro por ahí, junto con los cien problemas.

Quedé en recogerlo hoy a mediodía, pero he llegado a las once y media. La culpa es de Emilio Zurita Álvarez, que me tiene distraída. La semana pasada me propuso escribir unos textos para sus “Epístolas” y ando tan emocionada que me pierdo en el metro, se me olvida poner la lavadora y saco al perro a la terraza en vez de sacar las alitas de pollo del congelador. Ya le he enviado la primera tanda y solo estoy esperando su visto bueno para empezar a colgarlos en mi muro.

Y ya está. He contado lo que hice ayer, lo que hago habitualmente, lo que he hecho hoy y lo que haré pronto. Estoy aprendiendo el oficio de trilero ¿Dónde está el garbanzo?