En mi juventud tenía una convicción

En  mi juventud tenía una convicción: si lo que me rodea no me gusta, haré yo aquello que me guste y me rodearé de ello, como Schwitters.

O no me rodearé con ello y lo guardaré en armarios, como rollos de dibujos japoneses, para sacarlos solo cuando mi espíritu lo necesite.

O no lo guardaré e iré a buscar las creaciones de otros cuando desee ver cosas que me gusten.

Una convicción, diversos desarrollos y muchas dudas alrededor.

La cuestión es que no puedo entender mi vida sin el arte, pero sobre todo, no puedo entenderla sin MI arte, sin mis propias creaciones. En estos días que dedico a digitalizar mi archivo, me doy cuenta de que apenas guardo memoria de los años en los que no he producido: ¿qué he hecho? ¿a qué me he dedicado? Hay respuestas, claro. He hecho cosas normales, incluso cosas que se consideran importantes o significativas y que de hecho lo son en ese plano de la realidad en el que inevitablemente transcurren nuestros días. Pero apenas me acuerdo de nada en especial. Cada obra, cada pequeño dibujo, por insignificante que sea, es un eslabón en mi cadena, un pequeño hito que me refresca la memoria, un mecanismo mnemotécnico. Sin eso, cada día se confunde con el anterior  y con el siguiente, en un tiempo sin pulsaciones.

La creación, la productividad, son como chinchetas que nos sujetan a la vida, bocanadas de aire conservadas en un frasco que demuestran que sí, que estuvimos, hicimos y pensamos en un tiempo que era el nuestro. Ese es el vértigo en el que respiramos.

Si los demás se pueden pasar sin eso, si pueden marcar sus días con otros parámetros  (el día que ganaron en bolsa o venció su equipo de fútbol, el antes y el después de un aumento de pecho o de una liposucción… por mencionar solo cosas positivamente deseables); si su presente solo precisa de los grandes acontecimientos que cambiaron sus vidas (bodas, nacimientos, trabajos) y el resto es pura memoria operativa, el know-how de la existencia; incluso si su memoria es conciencia y solidaridad o, por el contrario, envidia y resentimiento… bien por ellos, que no necesitan revisarse a cada momento como quien se palpa los bolsillos buscando algo de valor porque cada cual tiene justo lo que necesita para alimentar su mecanismo interior.