Porque me quiere y sabe que me gusta

Porque me quiere y sabe que me gusta, J pone esta canción todos los domingos poco antes del mediodía.  Actúa como un canto tardío del gallo que me hace saber en qué hora estoy y cuánto queda del fin de semana. Unas veces anticipa el disfrute de una tranquila tarde de domingo. Otras, en cambio, se convierte en el estribo necesario para superar la pereza y abordar las tareas postergadas durante la semana.

Una ocupación típica del domingo, especialmente en los cambios de estación, es el cuidado de las plantas y de la terraza en general. Aceitar la pérgola, recoger hojas, podar, abonar, trasplantar, vigilar el crecimiento de los brotes, mantener a raya al pulgón,  al caracol, a la babosa, a la polilla del jazmín (que, pese a su nombre, me destroza el olivo y los aligustres) a la avispilla cortadora, a la cochinilla y a la falsa oruga del rosal. Los rosales son, precisamente, los que se llevan la peor parte, porque además les ataca el oídio, el mildiú, la roya… No me extraña que las rosas sean caras.

Así que cuando Bill Whiters canta “Ain’t no sunshine when she´s gone, I’ts no warm when she’s away”, os puedo asegurar que sí, que luce el sol y hace calorcillo, que estoy de acuerdo en que estas salidas me toman demasiado tiempo y que, aunque estoy ahí mismo, es mejor dejarme a mi aire porque la jardinería masiva me irrita, me agota y me llena de picores y hasta que no me dé una ducha y me saque la tierra de debajo de las uñas, me da absolutamente igual lo que pase dentro de casa.

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