Lo confieso: estoy sufriendo una crisis

Lo confieso: estoy sufriendo una crisis de celos profesionales generalizados que me tiene paralizada. Por causas que desconozco, me ataca cada domingo por la noche desde hace algún tiempo, con réplicas esporádicas los días laborales. Como suele ser en estos casos, el detonante es el éxito de una persona en concreto, sin que, al mismo tiempo, sea yo capaz de negarle su derecho al disfrute de aquello por lo que ha trabajado muy duramente.  Por más que recurro a toda filosofía oriental y occidental que se cruce en mi camino, mi mundo se ha vuelto verdoso.

No hay nada que odie más que detectar la envidia en la mirada de los otros, y ahora la veo cada vez que me miro al espejo. Hago ejercicios de concentración, repaso mis convicciones sobre la futilidad del triunfo… ¿convicciones?  “Querida Ángela -me dice mi demonio, el que se sienta en mi hombro derecho-  ésta es tu verdadera naturaleza, ven conmigo al lado oscuro”. “No, no –grita mi ángel destrozándome el tímpano izquierdo-, saca las alas ¡vuela!”

Soy el hombre que carga con el saco en el cuadro de los pecados capitales de El Bosco y solo veo el suelo.

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El Bosco, “Los siete pecados capitales (Envidia)”

Por primera vez he desenterrado patatas

Por primera vez, he desenterrado patatas. Lo he hecho en un ataque de pánico, cuando me he dado cuenta de que le iban a robar el espacio y los nutrientes al hibiscus en cuya maceta han crecido por azar.  Salen cuatro patatas, a cual más pequeña, y cuando ya no encuentro más entre la maraña de raíces del hibiscus, tapo y cruzo los dedos. Espero no haberme dejado ninguna. Someteremos a votación si nos las comemos o volvemos a plantarlas, esta vez en su propio espacio.

Pensando en la tierra que voy a necesitar, me lavo las manos y veo cómo se van Courbet y Van Gogh por el desagüe. Acabo de perder la oportunidad de fotografiar mis manos labriegas y con ello la de transformar mi actividad en gesto artístico.

No importa, pienso, si las plantamos podré hacerlo en la próxima cosecha, y entonces toda la historia se convertirá en acción artística.

¿Ñeeeeec? Algo chirría.

¿Tengo que ver crecer la planta sin perder la perspectiva de lo que quiero hacer con ella? ¿Qué soy? ¿Un gestor de activos?

En este momento se me enciende una luz: ¿no será que todo el que gestiona una carrera artística es un gestor de activos?

Me temo que no haré carrera.

¡Malditas patatas!

 

Patatas

Llevo un rato despierta

Llevo un rato despierta con los ojos cerrados… me duele la cabeza.

Con la mano izquierda en la almohada, la palma vuelta hacia la cara y la frente apoyada en las puntas de los dedos, los pensamientos van y vienen.

De repente las ideas se descomponen, como si se separaran entre sí con un ligero desplazamiento tectónico, y un paisaje táctil ocupa su lugar. No lo veo, lo “siento”, y no es posible explicar la intensidad y la certeza de esa sensación. Cuando intento analizarla, desaparece.

Abro los ojos. La oscuridad del cuarto cabe en un dedal. Me estiro. Me duermo.

Aunque invisible, el paisaje era de piedras.

No era éste. No creo que pudiera dibujarlo.

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Vivo en un tren parado

Vivo en un tren parado y disfruto de lo que tengo:

plantas viejas pero fieles, tres pares de ojos de gato,

un perrito que duerme al sol…

Uso lo que tengo:

zapatos que me acompañan, ropa de toda la vida,

los mil utensilios cuyo tacto conozco.

Gasto lo que tengo:

mi tiempo de ahora, mi vida de hoy.

Sin remordimientos,

si no puedo, no lo hago.

Mantengo las vías transitables

por si el tren se pone en marcha.

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Una antigua compañera de trabajo

Una antigua compañera de trabajo se ha ido de vacaciones a uno de esos lugares que uno solo conoce por los folletos de las agencias de viaje y los documentales gastronómicos. Pienso, con remordimiento, que no sé ni dónde está. Miro Google Earth y busco fotos, y descubro playas extensas, selvas frondosas, cascadas fotogénicas y cordilleras azules. Me pregunto si sería capaz de vivir en semejante paraíso, pero tienen una escritura como de gusanitos enroscados y un idioma que parece aleatorio. Mi mente, endocéntricamente occidental, se resiste al esfuerzo. Sigo con las fotos. La arquitectura local tiene un aspecto apastelado y lo moderno es como las torres del Real Madrid. Hay ruinas arqueológicas megalíticas y mudas que en tiempos debieron de presentar un festival de colores. Me pregunto cómo será la sensación de caminar entre ellas, pero en mi interior vuelvo a lo conocido y me veo en las calles de Pompeya. Una cúpula baja y gigantesca me hace pensar en el Panteón. Leo que es un estupa budista del s. XII –nuestro Románico- pero hay otras que tienen más de dos mil años. ¿Qué es un stupa? Es, básicamente, un relicario. Me entero de que las cenizas de Buda fueron divididas en ocho partes, allá por el 400 a.c. y repartidas entre los ocho estupas originales, de que hay distintos tipos de estupas, de que hay uno en Benalmádena (¿?) que, en definitiva, es un centro contemporáneo de reunión de fieles, y de que si quiero saber más sobre la construcción de estupas en España puedo consultar un vídeo de la Universidad de La Laguna. He naufragado en las Islas Canarias. Jamás llegaré a Sri Lanka.

Un jueves normal

Un jueves normal de hace ya trece años: una inauguración, un par de cervezas, vuelta a casa no más tarde de la una.

Al día siguiente… ¿resaca? Entumecimiento, dolor generalizado, confusión, pesadez en la cabeza… No, no es gripe, yo nunca tengo gripe…

Dos días de resaca, tres…

Así empezó para mí la fibromialgia, aunque ahora me doy cuenta de que ya se había insinuado antes. En mi caso está ligada a un problema endocrino, así que si lo mantengo bajo control puedo estar bastante tranquila, bien -por así decirlo- en relación a lo que sé que puede llegar a ser. Pero a veces un pico se presenta sin más, como una reacción al frío, al alcohol, a la cebolla cruda, a la cafeína, a los perfumes, a la levadura, al enfado, la irritación o los nervios… uno va conociendo a sus enemigos.

No creo que haya habido más de cinco días desde el año 2003 en que me haya levantado por la mañana con la sensación de haber descansado, y ni siquiera diez que no haya sentido dolor en alguna parte del cuerpo. Pero, puestos a elegir, éste es el síntoma que prefiero, con diferencia, frente a la sensación de cansancio crónico, la confusión mental o ese mezclarse los sonidos en mi cabeza como si ésta fuera un sonajero.

No he vuelto a estar al 100%, aunque a veces soy capaz de aparentarlo. De hecho creo, apartando toda modestia, que un 70% mío es como el 100% de muchos. Por lo menos a ratos.

Pero la falta de confianza frena tu día a día. Acabas aceptando que hay retos que no puedes asumir sin buscar el momento y sin pagar el precio: hacer un viaje en coche, montar una exposición, inaugurar y hacer el viaje de vuelta, por ejemplo (¿quién no lo ha hecho?)… bueno, pues, cuando vuelva a presentarse la ocasión a mí me dará miedo porque cada una de esas cosas por separado ya me supone una recaída ¡Y eso que yo estoy bien!

Os cuento esto para que os hagáis una idea de lo que es la fibromialgia. Sé que muchas, más que muchos, la padecéis, y en peor grado que yo. El doce de mayo fue el día mundial de esta enfermedad y, aunque nadie se muera de esto, no está de más conocerla un poco porque, cuando estamos mal, necesitamos algo de ayuda pero sobre todo que las personas más próximas entiendan nuestra “falta de espíritu”, nuestro “carácter olvidadizo”, nuestro humor cambiante e incluso nuestra escasa actividad social.

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En mi juventud tenía una convicción

En  mi juventud tenía una convicción: si lo que me rodea no me gusta, haré yo aquello que me guste y me rodearé de ello, como Schwitters.

O no me rodearé con ello y lo guardaré en armarios, como rollos de dibujos japoneses, para sacarlos solo cuando mi espíritu lo necesite.

O no lo guardaré e iré a buscar las creaciones de otros cuando desee ver cosas que me gusten.

Una convicción, diversos desarrollos y muchas dudas alrededor.

La cuestión es que no puedo entender mi vida sin el arte, pero sobre todo, no puedo entenderla sin MI arte, sin mis propias creaciones. En estos días que dedico a digitalizar mi archivo, me doy cuenta de que apenas guardo memoria de los años en los que no he producido: ¿qué he hecho? ¿a qué me he dedicado? Hay respuestas, claro. He hecho cosas normales, incluso cosas que se consideran importantes o significativas y que de hecho lo son en ese plano de la realidad en el que inevitablemente transcurren nuestros días. Pero apenas me acuerdo de nada en especial. Cada obra, cada pequeño dibujo, por insignificante que sea, es un eslabón en mi cadena, un pequeño hito que me refresca la memoria, un mecanismo mnemotécnico. Sin eso, cada día se confunde con el anterior  y con el siguiente, en un tiempo sin pulsaciones.

La creación, la productividad, son como chinchetas que nos sujetan a la vida, bocanadas de aire conservadas en un frasco que demuestran que sí, que estuvimos, hicimos y pensamos en un tiempo que era el nuestro. Ese es el vértigo en el que respiramos.

Si los demás se pueden pasar sin eso, si pueden marcar sus días con otros parámetros  (el día que ganaron en bolsa o venció su equipo de fútbol, el antes y el después de un aumento de pecho o de una liposucción… por mencionar solo cosas positivamente deseables); si su presente solo precisa de los grandes acontecimientos que cambiaron sus vidas (bodas, nacimientos, trabajos) y el resto es pura memoria operativa, el know-how de la existencia; incluso si su memoria es conciencia y solidaridad o, por el contrario, envidia y resentimiento… bien por ellos, que no necesitan revisarse a cada momento como quien se palpa los bolsillos buscando algo de valor porque cada cual tiene justo lo que necesita para alimentar su mecanismo interior.

 

Porque me quiere y sabe que me gusta

Porque me quiere y sabe que me gusta, J pone esta canción todos los domingos poco antes del mediodía.  Actúa como un canto tardío del gallo que me hace saber en qué hora estoy y cuánto queda del fin de semana. Unas veces anticipa el disfrute de una tranquila tarde de domingo. Otras, en cambio, se convierte en el estribo necesario para superar la pereza y abordar las tareas postergadas durante la semana.

Una ocupación típica del domingo, especialmente en los cambios de estación, es el cuidado de las plantas y de la terraza en general. Aceitar la pérgola, recoger hojas, podar, abonar, trasplantar, vigilar el crecimiento de los brotes, mantener a raya al pulgón,  al caracol, a la babosa, a la polilla del jazmín (que, pese a su nombre, me destroza el olivo y los aligustres) a la avispilla cortadora, a la cochinilla y a la falsa oruga del rosal. Los rosales son, precisamente, los que se llevan la peor parte, porque además les ataca el oídio, el mildiú, la roya… No me extraña que las rosas sean caras.

Así que cuando Bill Whiters canta “Ain’t no sunshine when she´s gone, I’ts no warm when she’s away”, os puedo asegurar que sí, que luce el sol y hace calorcillo, que estoy de acuerdo en que estas salidas me toman demasiado tiempo y que, aunque estoy ahí mismo, es mejor dejarme a mi aire porque la jardinería masiva me irrita, me agota y me llena de picores y hasta que no me dé una ducha y me saque la tierra de debajo de las uñas, me da absolutamente igual lo que pase dentro de casa.