Por culpa de un tebeo

Por culpa de un tebeo, durante muchos años creí que “exit” significaba “éxito”. La historia transcurría en un teatro y los protagonistas atravesaban la puerta del “éxito” huyendo de… no me acuerdo. Sin embargo, aquella puerta no les proporcionaba una salida airosa, sino el tránsito a un espacio desconocido y laberíntico.

Mucho tiempo después, trabajando en el Teatro Real, pude ver cómo el éxito se cifraba –clara y literalmente- en el caché de los artistas. También pude oír tararear a Plácido Domingo, cantos de sirena por los pasillos del teatro, sin llegar jamás a encontrármelo de cara.

A estas alturas me imagino el éxito como la persecución de un eco hasta llegar a tocar el pomo de esa puerta que, diga lo que diga el letrero, no es de salida.

puertas

15 de abril

I.

Desvelada me pregunto cuál es el velo que se le cae al insomne.

Despabilada como ascuas removidas… la mecha en el centro de la vela, pábilo.

También es pábilo el hilo con el que se tejen hamacas. Y cubrecamas.

¿Despabhilo?

Revelaciones nocturnas. Re-vela e ilumina.

Pero yo re-velo y cubro.

II.

Como una pieza de Jenny Holzer, una frase cruza mi cerebro insistente, intermitente, entre sueño y sueño: “Supera tus limitaciones”

Pediré que la escriban en mi tarta de cumpleaños.

III.

Me gusta soplar todas las velas de una vez, no me gustan las velas de número. Pero este año estoy acatarrada y no creo que deba. Por eso voy a soplar cincuenta y tres veces una vela. Como no creo que mi familia lo soporte, seguramente lo haré al final de la tarde, como acción privada. Tengo que comprar cerillas.

Epílogo:

La tarta llevó su frase y yo soplé 53 veces una vela. Da qué pensar el mínimo desgaste de la vela después de encenderla todas esas veces, algo así como esas líneas del tiempo que marcan la aparición del hombre en la tierra, solo que en vertical.

tarta   vela-antes       vela-después

En el año 85

En el año 85 nuestro entonces Museo de Arte Contemporáneo, MEAC, hoy Museo del Traje, dedicó a una exposición al grupo Gutai. Me acerqué a verla desde la Facultad de Bellas Artes, que como muchos sabéis está casi al lado. En clase de pintura nos afanábamos por expulsar de nuestra mente y de nuestros recuerdos el color panza de burro que en tercero nos habían inoculado en las retinas. Yo por entonces ya iba poco a clase y estaba a punto de bajarme del barco. Apenas recuerdo las obras de aquella exposición, pero por primera vez experimenté una sensación de paz que aún hoy no sé muy bien de dónde procedía, si eran las obras, el montaje o la luz natural y los colores del jardín colándose por los ventanales de las salas. Vistos desde aquí, mis veintidós años de entonces parecen pocos y simples, y sin embargo pesaban como zapatos de buzo. Pero en aquella exposición había algo diáfano, una nitidez en la que se disolvían mis  marañas y que me reafirmaba en mi presencia física y volátil al mismo tiempo.

Ese mismo  año la Biblioteca Nacional le dedicó una estupenda exposición a mi idolatrado Juan Gris, que para mí fue el descubrimiento de la idea (bueno, la sensación más bien) de “inteligencia” en el arte. Hoy en día –hoy en concreto-, no movería un pie por ir a ver una obra suya, pero ignoraría la lluvia y mi dolor de garganta por recuperar cinco minutos de paz Gutai, treinta años después.

No he encontrado ninguna foto de aquella muestra, pero os dejo esta imagen de Shiraga a la espera del buen tiempo y de los gritos de los vencejos.

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