Cruce de la Oca, primera hora de la tarde

Cruce de la Oca, primera hora de la tarde: el sol me da en los ojos y la gabardina estorba. Me pego a un muro buscando sombra.Un africano sentado en un banco me ve pasar.Todo está cerrado y yo quiero un refresco, ese refresco de antes de entrar en el estudio que me calma la ansiedad de estar llegando después de haber superado la ansiedad de “querer ir”,  un par de minutos de procrastinación lata en mano que son mi premio. Anticipo la pesadez del brebaje en el estómago: querido Belacqua, de repente me he acordado de ti, aunque probablemente no te soportaría si te conociera en persona. Paso frente al escaparate de la óptica y me quedo prendada de las orejitas de mentirijillas que sujetan los audífonos. He tenido que caminar un poco más que de costumbre para conseguir mi bebida y he descubierto que estos pocos metros de más se traducen en veinte céntimos menos.  Ahora ya puedo entrar en el estudio.

Salgo a las nueve. La noche es transparente, en el patio brillan las estrellas y los ventanucos de la medianera. Juraría que cada vez hay más. Me pregunto si ya habrá luz en el portal. Hace buena noche, pero en el estudio aún no ha entrado la primavera: tengo los pies tan fríos que parece que se me van a romper a cada paso. Por detrás de un edificio bajo asoma una enorme luna con halo.

Pienso en las películas del Oeste, con toda su acción, y en cómo sintetizan las tediosas travesías a caballo, todo ese tiempo en apariencia muerto en donde lo único que ocurre es que pasa una nube o un lagarto. El bullicio de las ciudades se compone de infinidad de tiempos muertos, de situaciones de tránsito. Este es el tiempo que últimamente habito: el resto es anécdota.

 

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