Todo empezó la noche del lunes

Todo empezó la noche del lunes. El espíritu de Francis Bacon se interpuso entre mis ojos y la pantalla de la tele y decidió darle unos retoques al rostro de Justin Theroux: sin quebrarse mucho la cabeza, Francis sustituyó toda la zona del ojo y de la frente derechos de Justin por una prolongación mofletuda de carne. Estupefacta me froté los ojos y busqué mis progresivas con el fin de poner un poco de orden en todo aquello. Viéndome así, con las gafas bien caladas y la cabeza quieta y estirada, Francis debió de amedrentarse y se escabulló sin dejar siquiera un ligero rastro de humo fantasmal.

– Ya veo bien,  exclamé.

– Yabarvurbi, me oí decir.

– Ya veo bien, repetí.

– Burabladi, me llegó de fuera.

Aún una tercera vez dije:

– ¡Ya veo bien!

– Birbulato…

A ver, piensa Ángela, y di despacio:

– Ya – veo – bien.

Y esta vez la cosa salió.

Aquí abajo estoy en un cubículo germánicamente acogedor, con un techo limpio y reticulado que me recuerda a  Joseph Calder. En el “box” contíguo alguien tose. Sé que se llama Ángel y que no tiene dientes. Se lo llevan a Respiratorio y a mí a Neurología. Mi compañera de habitación es una señora mayor. No tiene su pastilla y reza para dormirse. Reza muy bajito, solo me llegan las eses en un suave susurro y las dentales y oclusivas, como gotas que caen de un caño.

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