Por qué me gusta el arte objetual

Por qué me gusta el arte objetual lo comprendí ayer a través de un recuerdo antiguo: los caballitos de mar. Me fascinaban, como a todos los niños, solo que yo no quería simplemente verlos o poseerlos en un acuario o en un pisapapeles de resina: yo quería ser caballito de mar. Esa sensación solo la he vuelto a tener al contemplar algunas obras y quizás por eso yo misma las hago: a pesar de lo que me disgusta seguir llenando el mundo de objetos, mantengo la esperanza de crear alguna que vuelva a despertarme el mecanismo de querer ser eso otro.

Pero este deseo de querer ser lo creado y no el creador, de independizarte de ti mismo en tu obra, es un ciclo narcisista que empieza donde acaba y solo es posible en la obra de otro.

Este hipocampo surgió en otoño, en el último momento, antes de salir una noche del estudio. No era capaz de entender el por qué de lo de los espejos.  Ahora ya sí, y puede que al entenderlo algo se vuelva irrecuperable.

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Si alguien me preguntara

-Si alguien me preguntara que estaré haciendo tal día como hoy dentro de dos años, se lo podría decir con toda seguridad. “Dios mediante”, hubiera añadido mi madre. Pero mi jefa era canadiense y puede que allí no tengan por costumbre meter a Dios en todo.

-¡Señor todopoderoso, así funciona el mundo! pensé yo -digna hija de mi madre- acostumbrada como estoy a la improvisación y a la cuerda floja.

Políticos, reyes, directores, programadores (y seguramente también Santiago Sierra) tienen agenda. Los demás tenemos calendario.

Lo del calendario es un asunto conceptual complicado, uno de los misterios de la infancia. Para un niño, las rutinas de los  mayores son una sorpresa permanente: aunque se repitan a diario siempre le pillan desprevenido. En el colegio, copia en su cuaderno un número que la profesora escribe en la pizarra y que al parecer está relacionado con lo del calendario e incluso con él mismo. Al final comprende que los días son según las rutinas y las rutinas según los días. El calendario podría llevar su foto, porque él ya está dentro.

-Hasta mañana, si Dios quiere.

-¿Cómo no va a querer, si está en el calendario?

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Cruce de la Oca, primera hora de la tarde

Cruce de la Oca, primera hora de la tarde: el sol me da en los ojos y la gabardina estorba. Me pego a un muro buscando sombra.Un africano sentado en un banco me ve pasar.Todo está cerrado y yo quiero un refresco, ese refresco de antes de entrar en el estudio que me calma la ansiedad de estar llegando después de haber superado la ansiedad de “querer ir”,  un par de minutos de procrastinación lata en mano que son mi premio. Anticipo la pesadez del brebaje en el estómago: querido Belacqua, de repente me he acordado de ti, aunque probablemente no te soportaría si te conociera en persona. Paso frente al escaparate de la óptica y me quedo prendada de las orejitas de mentirijillas que sujetan los audífonos. He tenido que caminar un poco más que de costumbre para conseguir mi bebida y he descubierto que estos pocos metros de más se traducen en veinte céntimos menos.  Ahora ya puedo entrar en el estudio.

Salgo a las nueve. La noche es transparente, en el patio brillan las estrellas y los ventanucos de la medianera. Juraría que cada vez hay más. Me pregunto si ya habrá luz en el portal. Hace buena noche, pero en el estudio aún no ha entrado la primavera: tengo los pies tan fríos que parece que se me van a romper a cada paso. Por detrás de un edificio bajo asoma una enorme luna con halo.

Pienso en las películas del Oeste, con toda su acción, y en cómo sintetizan las tediosas travesías a caballo, todo ese tiempo en apariencia muerto en donde lo único que ocurre es que pasa una nube o un lagarto. El bullicio de las ciudades se compone de infinidad de tiempos muertos, de situaciones de tránsito. Este es el tiempo que últimamente habito: el resto es anécdota.

 

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Pilar, ha vuelto a ocurrir

  • Pilar, ha vuelto a ocurrir.
  • ¿Qué ha pasado?
  • Anoche llegué a las doce y otra vez a oscuras el portal, ni luz en la escalera ni nada.
  • ¿Otra vez?
  • Si, otra vez. Y es que estamos así siempre.
  • Eso es que toca alguien.
  • ¿Y quién va a tocar? Yo voy a llamar ahora mismo a Carmen.
  • ¿Pero no la has llamado todavía?
  • Que sí que la he llamado, pero no lo coge.
  • Pues anda y llámala otra vez.
  • Si es que les da igual, como no viven aquí… Hola Carmen, cómo estás, espero que estés bien. Te llamo porque de nuevo estamos sin luz en el portal y en la escalera, y es que así no se puede estar. Llámame cuando oigas esto.
  • Pero no dejes mensaje, habla con ella.
  • No, si ahora me llama ella, ya verás… Es que ella no es de Vodafone.
  • Y si no la vuelves a llamar pero de verdad.
  • Espera ¿ves? Está sonando. Hola Carmen, que nos hemos vuelto a quedar sin luz en la escalera y es que un día va a pasar algo (…) Ah vale, bueno, ahora le llamo.
  • ¿Qué te ha dicho?
  • Dice que está de viaje y que llame a Ángel, que tú tienes su número.
  • Espera, que entro a buscarlo.
  • Anda si, Pilar, y a ver si Ángel viene pronto que un día nos pasa algo a cualquiera.
  • ¿A mí qué me va a pasar? ¡Si yo salgo de día!
  • Es verdad, pero oye, cualquier noche te pasa algo y tiene que venir alguien o se te tienen que llevar y entonces ¿qué?
  • Bueno, bueno, tú llama a Ángel y a ver si vienen.
  • Ahora llamo.
  • Yo te digo que aquí toca alguien.

El patio del estudio es tipo corrala. A veces, en vez de poner música, prefiero escuchar los ruidos que vienen de fuera. Pilar tiene unos noventa años y la otra vecina es guineana. Carmen es nuestra casera y por lo que se ve está de vacaciones. No parece que a Pilar se le haya ocurrido que le puede pasar algo de noche. Hay mujeres imbatibles.

Todo empezó la noche del lunes

Todo empezó la noche del lunes. El espíritu de Francis Bacon se interpuso entre mis ojos y la pantalla de la tele y decidió darle unos retoques al rostro de Justin Theroux: sin quebrarse mucho la cabeza, Francis sustituyó toda la zona del ojo y de la frente derechos de Justin por una prolongación mofletuda de carne. Estupefacta me froté los ojos y busqué mis progresivas con el fin de poner un poco de orden en todo aquello. Viéndome así, con las gafas bien caladas y la cabeza quieta y estirada, Francis debió de amedrentarse y se escabulló sin dejar siquiera un ligero rastro de humo fantasmal.

– Ya veo bien,  exclamé.

– Yabarvurbi, me oí decir.

– Ya veo bien, repetí.

– Burabladi, me llegó de fuera.

Aún una tercera vez dije:

– ¡Ya veo bien!

– Birbulato…

A ver, piensa Ángela, y di despacio:

– Ya – veo – bien.

Y esta vez la cosa salió.

Aquí abajo estoy en un cubículo germánicamente acogedor, con un techo limpio y reticulado que me recuerda a  Joseph Calder. En el “box” contíguo alguien tose. Sé que se llama Ángel y que no tiene dientes. Se lo llevan a Respiratorio y a mí a Neurología. Mi compañera de habitación es una señora mayor. No tiene su pastilla y reza para dormirse. Reza muy bajito, solo me llegan las eses en un suave susurro y las dentales y oclusivas, como gotas que caen de un caño.

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Es un amanecer rosa

Es un amanecer rosa en el que las flores tempranas del prunus se confunden con el cielo. Quiero hacerle una foto, pero no llego a tiempo. Me asomo al balcón para ver cambiar las luces. En la sierra los montes tienen una caperuza oscura, nubes pesadas y perfectamente localizadas. De allí viene también algo de aire, pero no es muy frío. Hago la prueba y de mi boca no sale nada de vaho. Así ha sido casi todo el invierno. El color del cielo y la vista de las montañas me hacen pensar en mis abuelos. Ellos en su vida pasaron de una pobreza misérrima a un mucho más que desahogado bienestar. Mi madre accedió a la educación y yo al arte. Supongo que cada generación da un solo paso y cada uno de ellos se atraviesa sobre las huellas de sus predecesores torciéndoles el camino, contradiciendo sus fatigas, borrando su rastro. Rebeldes sin causa: en cada familia, en cada generación, hay uno, defendiendo su otredad, su diferencia y al mismo tiempo su derecho a ser considerado parte del racimo, fruto de la misma cepa.

Piedras en el camino, haches intercaladas.

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Desde que tengo presbicia

Desde que tengo presbicia me pierdo muchas cosas. Hoy, con las gafas puestas, he visto brillar unos granos de azúcar en un plato, entre las migas oscuras  de una tostada. Como un paisaje nevado visto desde el cielo, esa ha sido mi primera impresión.  Después he tenido un momento de vuelta a la infancia: el placer de observar lo minúsculo, el embeleso de ver brillar los granitos de azúcar como diminutos diamantes en bruto. Siempre oí decir que los relojes tradicionales llevaban pequeños diamantes en los engranajes que aseguraban su buen funcionamiento para una proyección indefinida del medidor en lo medido: el reloj eterno en un tiempo sin fin. En la actualidad se utilizan rubíes sintéticos. También hay edulcorantes líquidos: ha pasado el tiempo del azúcar en el café.

A medida que el sol sube, se van apagando los destellos: sin el contraste de las sombras, el azúcar vuelve a ser azúcar y, sin embargo, no puedo evitar la sensación de que en este plato hay un tesoro.

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