Soy torpe y temo por mi vida

Soy torpe y temo por  mi vida. En los últimos años he volado de cabeza contra una pared después de tropezar con la puerta abierta del lavavajillas, me he caído de espaldas desde el segundo peldaño de una escalera de mano y he aterrizado de bruces sobre el árbol de Navidad tras mi encuentro con la tumbona de la terraza. También me he deslizado aparatosamente por las rampas de los minusválidos, he resbalado –talón por delante- en los pasos de cebra hasta componer un elegante spagat en medio de la calle y he conseguido hacerme esguinces de tobillo en suelos totalmente lisos y con zapatos completamente planos. Como consecuencia, mi meñique derecho luce últimamente una especie de capuchón de gnomo, el dedo corazón ya no me sirve para según qué cosas y, si no fuera porque tenemos uñas, me habría dejado hasta la última falange del pulgar izquierdo sobre la tabla de cortar.

¿Qué tienen en común todos estos percances? La confianza. Todo ocurre en los lugares más protegidos, en los entornos más conocidos, con los artículos más cotidianos e inofensivos. Es el disparate del accidente. No importa que te asegures de que no haya jabón en el fondo de la bañera o de que la escalera esté bien abierta y asentada. No importa que el cuchillo de picar sea tan romo como el de la mantequilla. El infortunio te asaltará donde menos te lo esperes.

En el estudio tengo un altillo grande y sin barandilla a unos dos metros y medio del suelo. Allí sí soy consciente del peligro, pero me vence el descuido (la cara B de la confianza). Cada vez que subo me arrepiento de no haberme acordado de coger el móvil. Me imagino tirada en el suelo, en postura de aspa, sin poderme mover y con el teléfono sobre la mesa de trabajo. Por eso he renunciado a almacenar allí nada necesario, solo trastos que puedan hacer la siesta durante años sin que nadie les moleste.

¿Y qué decir de las herramientas? Un taladro, una radial, una caladora… ¡lejos de mí, instrumentos mortíferos! Alejaos, cuchillas y martillos, grapadoras e incluso vosotros, simpáticos sacacorchos, responsables de más de un noqueo involuntario. ¡Quiero conservar mi integridad física!

Las cosas del mundo pesan, cortan, pinchan, raspan y están duras. Es un milagro intelectual que podamos darle a nuestro entorno apariencia de ligereza, de facilidad, de seguridad. La confianza es una construcción mental. Por eso, cada vez que sobrevuelo el duro suelo en alguna postura extravagante, cada vez que compruebo la consistencia de mi hábitat y después de hacerme el inventario de daños, recuerdo aquella frase de los replicantes que en casa tenemos muy interiorizada: “Somos estúpidos y moriremos”.

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