Tengo un plan

Tengo un plan, pero es un plan secreto y no lo puedo contar. Además es un plan a largo plazo, por lo que está sujeto a múltiples contingencias. Una de ellas es que viva yo cien años, en un estado físico relativamente aceptable y con la suficiente claridad mental. Por eso todos los días le pido al dios de los artistas que mantenga alejado al Terrible Godo. Y, en caso de que el Godo Alzheimer se adentre en mi cerebro de vía estrecha, negociaré con él. Le diré: puedes llevarte los rebaños de recuerdos que pacen en los valles y los que balan perdidos en las quebradas, pero no los que vienen a beber a mis pilones; también puedes llevarte el mineral autodestructivo que acumulo en las galerías que he excavado durante años, y hasta la llave de la mina, si sellas bien la entrada; puedes llevarte mis pensamientos buitre y mis pensamientos cuervo, pero no las ideas flechavencejo; y puedes llevarte también las nubes de lágrimas y todas las conchas que el mar ha traído a mis playas. Si con todo esto no tienes suficiente, aún te ofrezco el corazón negro y seco que, como un cordón umbilical, guardo no sé dónde. Si el Gran Godo se conforma con este trato y mi plan da resultado, podré reírme durante un tiempo, aunque con cada sonrisa me salga una arruga nueva y me quede sin aire en cada carcajada.

Feliz Año Nuevo.

El ventanal rodea toda la vivienda

El ventanal rodea toda vivienda, ajustándose a sus esquinas y chaflanes, pero es el tramo del salón el que me llama con rectangular insistencia. Es un piso alto de una ciudad pequeña. Me asomo y miro hacia abajo. Allí están, a mi izquierda, el teatro, que parece sacado de un decorado moscovita o del escaparate de una pastelería; bajo mí, el parque, antaño romántico y hoy hormigonado y municipalizado; a mi derecha, la modesta estación de provincias. Las vías del tren limitan este plano picado y es preciso alzar la mirada para ver lo que sigue: la central eléctrica, las bodegas y las naves y almacenes de uso agrario o industrial arrumbadas en las cercanías del pueblo como los restos de una crecida. Más allá, en la luz cambiante, una ancha franja de tierra gris y las estribaciones de la sierra intentando malvas, violetas, morados. Es un atardecer desvaído dominado por el bullicio de los pájaros en los pocos pero enormes, desproporcionados árboles del parque y de los niños que juegan en los columpios. Me quedo allí, mirando durante un rato. Solo tengo que subir o bajar el mentón para ver lo que ocurre frente y debajo de  mí, como en un doble escenario. A mi espalda la habitación va desapareciendo mientras en la distancia las montañas azulean y una ligera niebla se infiltra entre ellas, como entre bambalinas. A medida que se va la luz, todo se vuelve más plano, más uniforme, se va serenando el desorden. Los niños más pequeños son llevados a casa y van llegando preadolescentes en bicicleta. De repente todo el cielo enrojece y se encienden las farolas del parque y de la estación, se ilumina la fachada del teatro. Pasa un tren, pero no se detiene. Y esa ha sido la función, el espectáculo del día: la sincronización del cielo y la tierra. Se van los de las bicicletas y llegan los chicos más mayores con sus tablas y patines. La noche es un oso pardo, el sol un salmón que se escabulle. Cae el telón.

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Soy torpe y temo por mi vida

Soy torpe y temo por  mi vida. En los últimos años he volado de cabeza contra una pared después de tropezar con la puerta abierta del lavavajillas, me he caído de espaldas desde el segundo peldaño de una escalera de mano y he aterrizado de bruces sobre el árbol de Navidad tras mi encuentro con la tumbona de la terraza. También me he deslizado aparatosamente por las rampas de los minusválidos, he resbalado –talón por delante- en los pasos de cebra hasta componer un elegante spagat en medio de la calle y he conseguido hacerme esguinces de tobillo en suelos totalmente lisos y con zapatos completamente planos. Como consecuencia, mi meñique derecho luce últimamente una especie de capuchón de gnomo, el dedo corazón ya no me sirve para según qué cosas y, si no fuera porque tenemos uñas, me habría dejado hasta la última falange del pulgar izquierdo sobre la tabla de cortar.

¿Qué tienen en común todos estos percances? La confianza. Todo ocurre en los lugares más protegidos, en los entornos más conocidos, con los artículos más cotidianos e inofensivos. Es el disparate del accidente. No importa que te asegures de que no haya jabón en el fondo de la bañera o de que la escalera esté bien abierta y asentada. No importa que el cuchillo de picar sea tan romo como el de la mantequilla. El infortunio te asaltará donde menos te lo esperes.

En el estudio tengo un altillo grande y sin barandilla a unos dos metros y medio del suelo. Allí sí soy consciente del peligro, pero me vence el descuido (la cara B de la confianza). Cada vez que subo me arrepiento de no haberme acordado de coger el móvil. Me imagino tirada en el suelo, en postura de aspa, sin poderme mover y con el teléfono sobre la mesa de trabajo. Por eso he renunciado a almacenar allí nada necesario, solo trastos que puedan hacer la siesta durante años sin que nadie les moleste.

¿Y qué decir de las herramientas? Un taladro, una radial, una caladora… ¡lejos de mí, instrumentos mortíferos! Alejaos, cuchillas y martillos, grapadoras e incluso vosotros, simpáticos sacacorchos, responsables de más de un noqueo involuntario. ¡Quiero conservar mi integridad física!

Las cosas del mundo pesan, cortan, pinchan, raspan y están duras. Es un milagro intelectual que podamos darle a nuestro entorno apariencia de ligereza, de facilidad, de seguridad. La confianza es una construcción mental. Por eso, cada vez que sobrevuelo el duro suelo en alguna postura extravagante, cada vez que compruebo la consistencia de mi hábitat y después de hacerme el inventario de daños, recuerdo aquella frase de los replicantes que en casa tenemos muy interiorizada: “Somos estúpidos y moriremos”.

Recorro con un viejo amigo

Recorro con un viejo amigo el habitual camino del estudio. Al cabo de unos días, esperando en el semáforo, me pregunto si no estarán mis pies posados exactamente donde se pararon los suyos. Cambio de acera para comprar un refresco y para no seguir la huella invisible de su rastro, cuando me doy cuenta de que el camino de vuelta lo hicimos por este lado de la calle. No hay escapatoria: ambas aceras están contaminadas de afecto. Si quiero evitarlo, tendré que dar un gran rodeo.

Llevo toda la vida despidiendo a los amigos. Los mejores, los más queridos, los que más me quieren, viven lejos y siempre se van. He vivido a través de ellos mi eterna vocación de estar en otro sitio, de pertenecer a otro lugar y a otras circunstancias, y aún siento la nostalgia de lo que no conozco, el ansia por recorrer sus mundos igual que recorro el habitual camino del estudio.