Voy al súper.

Voy al súper. Preparando exposición, en medio de las faenas del día, no me queda más remedio que ir precisamente a mediodía. Sé que me tomará tiempo llenar el carrito para que toda la familia aguante un par de semanas. No hace frío, pero la luz es de invierno.

Me siento ligeramente hambrienta y me detengo a comer algo rápido, y en este caso «rápido» significa «malo»: malo para el cuerpo y quizás para el espíritu, pero barato-barato. No he estado aquí desde el 27 de enero: lo sé porque ese día escribí algo que conservo fechado. Desde la planta alta, instalada junto a los ventanales, observo la plaza mientras desempaqueto mi comida barata. Un cálido vapor asciende hasta mi cara al retirar el papel. Abajo, junto al banco, unas mujeres con pañuelos en la cabeza y batas de felpa a modo de abrigo se disponen también a comer algo frío que sacan de un rebujo.

«Reconfortante», pienso al dar el primer mordisco al alimento blando y caliente, un poco adormecida con la calefacción que se concentra en esa planta. Y entonces se opera la transformación. De repente, mi  ligero apetito se convierte en un hambre feroz, una voracidad insaciable, un deseo absoluto de comida y calor y una necesidad inagotable de ser permanentemente reconfortada y bendecida con la diaria satisfacción de mis necesidades. Se me viene a la cabeza la imagen de un cachorro de león, completamente embadurnado en sangre, lamido y relamido por su madre después del festín en un documental de La 2. Aunque estoy prácticamente sola allá arriba, intento no perder los modales y terminar mi hamburguesa con decoro y elegancia, pero estoy completamente alterada por esta súbita revelación del hambre que, más que mía, parece el hambre del mundo.

Finalmente no he comido mucho, pero me pesa la tripa como al lobo relleno de piedras que fue a ahogar su sed en el lago y terminó en el oscuro fango del fondo.

Fango, fondo, mundo… Las mujeres de la bata de felpa van por la misma calle que yo, con la mano extendida. Camino pensando en la comida basura, que mata el hambre pero despierta el ansia, y me prometo a mí misma no volver a abandonar la dieta mediterránea.

02web

En el día de hoy

En el día de hoy, en el grado habitual de posesión de mis facultades mentales, escribo este resumen de mi vida para uso de biógrafos y echadoras de cartas y disfrute de propios y extraños.

Nací en Madrid en 1963, segunda hija de padre sueco y madre española. Mis abuelos paternos eran ricos y ostentosos; los maternos, ricos y austeros. Mi abuelo sueco era abogado, y el español lo  que hoy llamaríamos un emprendedor. En su juventud fue cartero en Marruecos y leñador en Francia. Ambos eran patriarcales y roñosos con sus hijos. Mi padre se crio en el castillo de mis abuelos; mi madre pasó la guerra entre pajares y establos en Guadarrama. Ambos eran los hijos más jóvenes de sus respectivas familias. Se conocieron en Madrid y se casaron en un mes.

Una tía de mi padre pintaba en sus ratos libres, y mi madre estudió canto. Por lo demás, la familia, por ambas partes, era más bien de terratenientes. A mis padres les gustaban las subastas y a casa llegaban los catálogos de Durán, que yo estudiaba de principio a fin allá en Villaviciosa de Odón, en donde vivíamos un tanto aislados del mundo. A partir del cubismo, el arte moderno les parecía una tomadura de pelo. La importancia de Picasso me la explicó un taxista cuando tenía 10 años. Tal vez por eso me encanta entablar conversación con los taxistas.

Yo iba un año adelantada en el colegio y nunca llegué a integrarme del todo. A veces les hacía a mis amigas la primera frase de sus redacciones. Siempre que podía me ponía a dibujar o a pintar, me evadía y era consciente de que me tranquilizaba. La enseñanza más útil en esto de la creación la recibí de mi profesor de instituto: “si no sabes hacerlo, invéntatelo”. Antes de hacer Bellas Artes no sabía dibujar, y después tampoco sabía pintar. Así que sigo inventándomelo.

Mi padre murió joven, el hogar se convirtió en un matriarcado y yo empecé a estudiar sueco, que en casa no se hablaba. A los diecinueve años empecé a buscarme trabajillos y así sigo.

A los treinta y dos años pasé una temporada en Roma. Desde entonces me creo artista. Me gustaría poder decir que a partir de ahí todo fue como la seda, en progresión continua y ascendente, pero no. Tras dos hijos y unos años artísticamente prometedores, llegó la crisis y el desencanto, ese momento de la vida en el que uno sopesa la posibilidad de irse a algún lugar remoto  y retomar el contacto con la naturaleza. Como no conduzco porque me distraigo con facilidad, decidí quedarme en Madrid, con los taxistas.

Como la vida no es de color rosa, he tenido tres depresiones fuertes y otras tantas leves. Por suerte, parece que desde hace diecisiete años soy inmune. Y desde que cumplí cincuenta, mi cuerpo está más relajado y mi cabeza va más rápido. He viajado lo que he podido y lo seguiré haciendo mientras pueda, tengo una lista enorme de libros por leer y en otra vida me gustaría volver a ser artista, porque en esta ya estoy viendo yo que no me va a dar tiempo.

Lo que no cuento aquí, está en mi currículum, y el resto es estrictamente personal.

En Madrid a 13 de noviembre de 2015.