No me despiertes de noche

Querido hijo:

No me despiertes de noche porque me preocupo. Me preocupa que te ocurra algo, y cuando ya dejas de teclear mensajes que apenas puedo leer sin las gafas y queda claro que no era nada, que lo que pasa es que vives tus horarios como en otro hemisferio, y vuelves a tus actividades, las que sean, entonces yo, que venía de otro mundo, ya no puedo encontrar el camino de vuelta y con el cascabel de la preocupación cosido a la frente, sigo preocupándome por todo lo preocupable (si, ya sé que esta palabra no existe, pero debería: dícese de todo aquello que puede preocupar). Me preocupo con antelación, que es lo propio de esta palabra que ocupa la mente antes de tiempo, pero también con retraso y remordimiento por no haberme preocupado antes; me preocupo con reiteración, dejándome invadir por olas sucesivas de ansiedad, y a veces me preocupo con saturación, que es cuando me preocupa no estar preocupada a pesar de todo lo que vuela alrededor de mi cama en el silencio de la noche, como en un grabado de Goya. No despiertes mis murciélagos y déjame dormir tranquila, porque, incluso dormida, me preocupo por todo, es cosa de madres.

Mira: este dibujo, del año en que naciste, lo demuestra.

Y ahora me preocupa que dejes de contarme algo de verdad urgente por ser de noche.

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