El orgullo se levanta tarde

El orgullo se  levanta tarde. Hoy las camareras del turno de mañana no han podido hacer su trabajo. Las de la tarde tampoco. Con el sol cayendo, hombres mazados en calzoncillos se asoman a las ventanas del hotel. Yo riego las plantas y me mojo los pies con la manguera. A veces, en Madrid, hasta parece que hay silencio.

A las cinco de la mañana

A las cinco de la mañana hasta el balcón llega olor a alcohol y en la calle una brisa suave arrastra bolsas de plástico y de papel de una acera a otra. Hay restos de envases y de envolturas por todas partes. Es como espuma en la playa. La gente baja en grupos por la avenida aún cortada al tráfico, la mayoría siguiendo las líneas blancas del asfalto, todos en la misma dirección. Nadie hace eses. Algunos se sientan en corros en medio de la vía, hoy tan pública. Después de la primera transversal vuelve a haber tráfico y la gente desaparece en las bocacalles. Hay un coche de policía cada cincuenta metros. Los agentes charlan apoyados sobre uno de ellos. Llega un chico con rastas y les señala algo en la pantalla del móvil. Los furgones de limpieza hacen su trabajo en la plaza, en un constante entrechocar de botellas de cristal. El aire es más fresco: la marea nocturna se ha llevado la ola de calor durante un rato.

Son las diez, ruge el tráfico, chillan los vencejos, el sol aprieta y la calle resplandece de domingo. Ha sido una fiesta, y un orgullo.