No sé de dónde salieron

No sé de dónde salieron, pero un buen día mi hermano y yo nos vimos metidos dentro de unos trajecitos flamencos. El de mi hermano con chaquetilla corta, fajín rojo, camisita con chorreras y sombrerito cordobés. El mío, blanco con puntitos azules y volantes rojos, me picaba por donde las costuras. Lo que más me gustaba eran los pendientes de aro con clip, de plástico rojo, y los zapatitos de tacón rojos con topitos blancos. La peineta me parecía el objeto más incomprensible de cuantos había visto en mi corta vida. Cuando pienso en la palabra “surrealista” se me viene una peineta a la cabeza.

Como teníamos familia sueca, a mis padres les debió de parecer apropiado hacernos una foto así vestidos para enviar a nuestros parientes vikingos, que gracias a nosotros ya conocían Torremolinos.

El día que iba a venir el fotógrafo yo estaba muy nerviosa. Recuerdo a mi madre inclinada sobre mí, sujetando la peineta con miles de horquillas en mi pelo corto y lisísimo. No volví a llevar tantas horquillas hasta que hice de extra en la película “Cristóbal Colón, de oficio descubridor” y conté más de treinta sujetando mi postizo medieval.

Yo era muy tímida, pero quería estar muy guapa para la foto. Mi madre hasta me pinto los labios y un lunar, y yo tenía todas las tripas revueltas.

Nuestra casa tenía un patio medio cortijero, y allí decidieron hacernos las fotos, entre macetas de geranios y claveles. Pero el patio estaba en sombra, y el fotógrafo nos colocó en la única esquina en la que daba el sol, que es lo que pega con el tema andaluz. Hacía un calor agobiante y había una mosca que no paraba de darnos vueltas y acabó saliendo en dos fotos: posada sobre mi pie en una y sobre mi flequillo en la otra. En todas las fotos salgo con la carita arrugada porque el sol me daba en los ojos. Después de todo el calvario de horquillas, barra de labios y picor de costuras, salía fea y con mosca.

El vestido estuvo dando tumbos por casa hasta que a mi hermana, que es casi diez años menor, se le quedó pequeño y lo regalamos. De los zapatos y de los pendientes di yo buena cuenta, y las castañuelas me acompañaron durante gran parte de mi infancia. La peineta simplemente desapareció.

Al contrario que los zapatos, aquel precioso vestido en realidad nunca me hizo feliz. En seguida se me quedó estrecho y no podía subir la cremallera. No recuerdo haber disfrutado de ninguna sensación física agradable relacionada con esa prenda: ni el tacto, ni el peso, ni el ruido de los volantes, ni el olor del armario en el que lo guardábamos. Yo era una niña medio sueca educada en la España de los años sesenta y vivía una permanente contradicción en cuanto a tradiciones, hábitos, ideas y moralidad. Primaba una valoración positiva de lo escandinavo y el flamenco era una especie de atavismo patrio. Lo que podía tener de liberador no lo experimenté hasta mucho más tarde, y hoy confieso con envidia que en otra vida quisiera ser palmera

de las que dan palmas, no dátiles

palmas con las manos, no ramas

¡Qué difícil es explicar lo español!

web-flamenca

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