Estoy griposa

Estoy griposa, y aunque hace más de veinte años que no tengo fiebre, eso no impide que sudores y escalofríos se disputen mi organismo. Como penúltimo gesto útil del día decidí sacar a pasear a mi perra, un paseo largo, para experimentar los beneficios del ejercicio. Esto nos viene bien a las dos, porque hemos engordado y nos estamos haciendo mayores, más ella que yo, que a sus casi ocho años perrunos ya me saca cinco humanos. Así puestos, cuando yo tenga su edad humana de ahora ella tendrá noventa y uno, y a sus quince años de perro la niña bonita será como si tuviera ciento cinco. Y así seguíamos paseando, yo pensando en mi tía-abuela, que vivió hasta los ciento ocho, cuando llegamos a la esquina de la calle de la Bola, mi perra muy por delante de mí, yo asfixiada por la congestión nasal. Me sueno y en ese momento entro en un estado de percepción inversa de la realidad: “Ven -le digo- que te van a multar por no llevarme atada”. Me ha puesto la correa y he dejado que me lleve a casa. Al fin y al cabo, es mayor que yo.