Estoy griposa

Estoy griposa, y aunque hace más de veinte años que no tengo fiebre, eso no impide que sudores y escalofríos se disputen mi organismo. Como penúltimo gesto útil del día decidí sacar a pasear a mi perra, un paseo largo, para experimentar los beneficios del ejercicio. Esto nos viene bien a las dos, porque hemos engordado y nos estamos haciendo mayores, más ella que yo, que a sus casi ocho años perrunos ya me saca cinco humanos. Así puestos, cuando yo tenga su edad humana de ahora ella tendrá noventa y uno, y a sus quince años de perro la niña bonita será como si tuviera ciento cinco. Y así seguíamos paseando, yo pensando en mi tía-abuela, que vivió hasta los ciento ocho, cuando llegamos a la esquina de la calle de la Bola, mi perra muy por delante de mí, yo asfixiada por la congestión nasal. Me sueno y en ese momento entro en un estado de percepción inversa de la realidad: «Ven -le digo- que te van a multar por no llevarme atada». Me ha puesto la correa y he dejado que me lleve a casa. Al fin y al cabo, es mayor que yo.

Si los sueños se pudieran grabar

Si los sueños se pudieran grabar, os pondría el enlace del que tuve hace dos noches, pero como no se puede, os lo cuento.
Soñé que hacía un dibujo que se convertía en un plano arqueológico. En él había tres zonas marcadas en color: una especie de planta basilical en amarillo, un templo griego en azul y un templo romano en magenta. Las zonas intermedias eran los lugares en los que suelo estar cuando duermo, todos esos sitios y paisajes que se repiten en nuestros sueños. Así que tenía un mapa de mis sueños, y era tranquilizador saber que si quería me podría orientar en ellos y que los demás también podrían saber por dónde ando cuando sueño.
Seguro que todos llevamos un mapa así en el bosillo.