Debido a que algunas personas próximas a mí decidieron vivir con menos cosas

Debido a que algunas personas próximas a mí decidieron vivir con menos cosas, pude entrar no hace tanto en contacto con casas de subastas. Pero no es de subastas de lo que quiero hablar, sino más bien de la abundancia de cosas y de su precio.

Todos pagamos un triple precio por lo que tenemos: el precio de adquisición, el de conservación y el de liquidación. Los dos primeros parecen obvios. La liquidación debería de suponernos una ganancia, pero normalmente no lo es tanto. Por una parte, los artículos usados pierden inmediatamente más de la mitad de su valor (aunque sólo los hayas usado un par de meses, una tele, por ejemplo). Por otra parte, en la mayoría de los casos, aquellos objetos que compramos como “inversión” acaban por no serlo tanto por circunstancias que en general no comprendemos. Al final, si comparas el precio de compra con el de venta y descuentas mantenimiento y otros gastos (desde arreglos y restauraciones hasta gastos de traslado) apenas obtienes lo suficiente como para compensar el daño emocional que te supone el haberte desprendido de ese objeto. Eso en el caso de que se trate de un objeto que hayas usado y que hayas disfrutado.

Pero es que además están todos esos objetos de los que nos rodeamos y no te suponen ningún disfrute: regalos, herencias, objetos que te encuentras y que sin saber por qué recoges… Existe ahora un ansia por reciclar que tiene en parte que ver con el deseo de mostrarnos económicos a la par que creativos. Yo, la verdad, no sé la cantidad de dinero que me puede haber costado eso de reciclar y reutilizar, y la cantidad de metros cúbicos que esos objetos le pueden haber quitado a mi casa y a mi estudio.

Por ser artista me creo capaz de hacer algo mejor con cualquier trasto viejo que me encuentre. Y al mismo tiempo, sufro remordimientos por llenar el mundo de más cosas nuevas.

Ayer me tomé una clara en un bar decorado con mesas de cocina de las de nuestras abuelas y sillas de las que cualquiera puede recoger por la noche en las aceras. Hace un par de meses que yo misma me deshice –con gran pena- de una mesa así, ante la imposibilidad de venderla en Internet. Está claro que el valor de esos objetos es sólo emocional y de uso. Hoy mismo he estado hojeando un catálogo de subastas. Me pregunto quién puede sentir afinidad por tantos y tantos cuadros de malos a mediocres de la escuela española del s. XIX. Podrían desaparecer sin que nadie lamentara la pérdida, excepto aquellos que los venden y se creen que tienen un precio muy superior al que van a conseguir.

Posiblemente esos cuadros ya no responden a nuestros ideales ni a nuestras intenciones, ni siquiera nos producen la nostalgia fugaz de una mesa de cocina sobre la que tomar una clara. Y no se pueden reciclar, por aquello del respeto que el arte nos impone. Hay tantas obras que no valen nada, tantos y tantos estudios de artistas que rebosan “objetos” que el mercado jamás absorberá.

A mis años ya me he dado cuenta de que no soy una artista profesional, más bien vocacional con algo de diletante. Los números se imponen, y cuando el saldo entre inversión y ganancia no resulta positivo te das cuenta de que la profesionalización es imposible, excepto para aquellos que de verdad entroncan con los ideales e intenciones de nuestro tiempo cambiante, pero sobre todo para los que supieron anticipar estos cambios y adelantarse a ellos. La anticipación es la manera de proyectarse en el futuro, pero debe de ser una especie de epifanía que les sucede a muy pocos. Los demás hacemos lo que podemos, siguiendo nuestras intuiciones, y seguimos produciendo objetos que más que nada serán un estorbo para quienes nos hereden.

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