Hoy me he despertado antes que de costumbre

Hoy me he despertado antes que de costumbre y, por ser el Día del Trabajo, me he puesto a reflexionar sobre mi vida laboral. Empecé a trabajar bastante joven y, sin embargo, he trabajado bastante poco. Desde los diecinueve años he sido figurante, encuestadora, megafonista, recepcionista, secretaria, coordinadora, asistente de galerías, traductora y docente. Unos trabajos se han intercalado con otros, a veces se han solapado, en algunos he repetido, pero ninguno ha durado. Es culpa mía, tengo el íntimo convencimiento de que el trabajo tiene dos días buenos: el día que empiezas y el día que te despides. Porque casi todos mis empleos – excepto aquellos que desde el principio estaban pactados por un tiempo determinado – los he dejado yo. Así que una lista como ésta es en realidad una lista de las oportunidades perdidas. Si hubiera seguido alguno de esos caminos, quizás hubiera sido actriz de doblaje, publicista, atrezzista, jefa de grupo, editora, directora de galería o catedrática de universidad. Si desgrano esas posibilidades, aún me sale una lista enorme de opciones, todos esos puestos intermedios que existen entre los inicios de una carrera y la llegada a tu meta. El problema es que yo quería ser artista, y para mí esa era una condición sin estadios intermedios: o eres artista o no lo eres. Todo lo demás no eran más que cuerdas de supervivencia, lianas a las que agarrarse para no caer al suelo y seguir alimentando tu sueño.
No hace mucho que fui consciente de cómo las edades nos encuadran en fases determinadas del desarrollo profesional: puedes ser becario a los veinte, pero no a los treinta, “junior” y “senior” hasta los cuarenta y cinco, y después toca ser jefe. Si tu vida no es esta, ya no es perfecta. Pertenezco a un grupo privilegiado de gente con estudios que iniciaron su vida laboral en los noventa, y casi todas las personas que conocí en mi juventud han desarrollado carreras profesionales ascendentes, con obstáculos, con altibajos, pero con trayectorias que avalan los conocimientos que poseen.
Los conocimientos y carreras artísticos parecen ir por otros derroteros pero desde hace tiempo la tendencia es “normalizarlos”, encuadrarlos dentro de un sistema común de formas de actuación. Aquí emergente es igual a becario y junior es el artista de media carrera. El problema es que llegando al senior uno ya se ha normalizado en sus compromisos familiares y en sus necesidades, y ya estás dando clases en un instituto y pensando en tu jubilación. Hay que dar las gracias a todos los persistentes que, aún así, siguen en ello, en la vía del artista: su camino no se detiene aunque sean seniors y jefes en profesiones que con suerte tangencialmente tienen que ver con sus proyectos iniciales. Pero gracias también a los que se han lanzado al abismo, a los que se han quedado sin cuerda y han trenzado otra con los restos y siguen volando por encima de nuestras cabezas sin normalizarse. Unos y otros tenéis toda mi admiración y respeto.

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